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25 de abril, en el día de San Marcos, Oficio, entrega… y la espada dictando sentencia.
Una función en la que el material no fue claro, obligando a los toreros a tirar de recursos, paciencia y sitio. Hubo intentos, momentos… pero siempre esa sensación de que algo faltaba para que terminara de cuajar.
Juan Pablo Sánchez, de botella y oro, se encontró con -Panzón-, blando y sin inercia. Supo esperarlo, medirlo, y cuando el toro se soltó, apareció el temple: muletazos largos, naturales, sin imponer. Todo tomó forma hasta que el toro se rajó y la espada echó pa'abajo lo poco que se pudo construir. Silencio.
Con -Triguero-, dejó una media verónica de trazo largo. Juan Pablo algo le veía a un toro que era falto de fondo.
Inicio de rodillas con fondo, ya que no solo se defendía, sino, toreó como pocos lo hacen en esa condición.
Ya de pie, faena tersa y profunda, haciendo crecer una embestida limitada; sin embargo, la poca fuerza, fué tal vez ese aderezo que supo utilizar el torero, para realizar una faena tersa, templada, profunda, y, cada muletazo fue a la velocidad que crece el pasto. Otra vez, la espada marcó el límite.
Juan Pablo y su sino, ¡caray! Vuelta al ruedo.
Borja Jiménez, de esperanza y oro, vivió una tarde cuesta arriba. -Jornalero- tuvo poca codicia; Borja insistió y logró muletazos de mérito, con ese fondo torero que tiene, y esa raza de figura, sin embargo, no pudo dar continuidad, ante una embestida a medias. Palmas.
Con -Sembrador-, sin opciones, todo quedó en intentos. Silencio.
El de regalo, -Labriego-, cambió el aire: toro con más entrega, que Borja entendió en una faena de un proceso de mano alta, faena muy templada, principalmente por derecha, casi acompañando solo con el cuerpo, así, sin arrebatos, pero con fondo. Ovación tras petición.
Héctor Gutiérrez, de pavo y oro, asumió su sitio con -Bogavante-, un toro que no regaló nada. Apostó por el tiempo y la colocación, construyendo una faena de mérito que terminó conectando. Muchas paciencia y pureza, amén de una cabeza bien amueblada, y buen manejo del escenario. Héctor cada vez mejor, cada vez más torero, cada vez más sólido. Oreja.
Con -Arriero-, sin materia, inteligentemente abrevió. Palmas.
Tercera tarde: cuando por fin rompe la feria con un de Justo que mostró el porqué...
La última función tuvo otro pulso. Sin ser redonda, sí dejó momentos de mayor peso, donde el toreo encontró más fondo y, por fin, una faena que sí logró romper con claridad.
Emilio de Justo, turquesa y oro, dejó ver su torería desde el capote con -Fanfarrón-, un toro emotivo al que templó de salida. Tras el puyazo, el de De la Mora se vino a menos, embistiendo por oleadas y con desorden. Emilio intentó imponer orden con cabeza fría y buen uso de los terrenos, pero el toro se apagó. Silencio.
Con -Arrojado-, el más pesado de la feria, 600 kgs, llegó la dimensión: toro de calidad, fijeza y recorrido. Por derecha marcó el camino, y nos dió el preámbulo de lo que sería por la mano izquierda, una tanda de hondura y reposo, en la que comenzó a llegar más a los tendidos, por su entrega y pureza. Volvió a la diestra con mando, y después, sin ayudado, logró ese toque suave y de vuelos terzos que hacían embestir por bajo al de -De la Mora-. Continuó la faena, hasta cerrar con manoletinas muy ajustadas y una trincherilla de cartel. Estocada perfecta: dos orejas y arrastre lento.
Luis David, grana y oro, se midió a -Combativo-, encastado y exigente. Lo lidió con firmeza, aguantando una embestida dura. Faena de buena factura, aunque sin terminar de romper. Palmas tras leve petición.
Con -Partisano-, dejó ver gusto desde el capote y protagonizó un tercio de banderillas entregado. Inicio de rodillas con valor, y ya de pie, paciencia para alargar una embestida corta, y Luis David, sin desesperarse, logró muletazos de valía, sin llegar a los tendidos del todo.Cuando el ambiente se enfriaba, se fue tras la espada, con serenidad, colocó al toro, y dejó una estocada rotunda. Oreja.
Diego San Román, de chenel y oro, se enfrentó a -Talismán azul-, reservón y medidor. Intentó someterlo, pero terminó por ahogarlo. Silencio.
Su segundo fue devuelto, saliendo -Cielo de plata-, al que lidió con inteligencia ante una embestida desordenada. Diego se vio maduro, firme, siempre dejando de lado las condiciones para imponerse por encima del toro, pero la espada volvió a enfriar todo. Silencio.
Así se fue el fin de semana en Aguascalientes: entre la insistencia y la falta de materia, entre el oficio que sostuvo y los momentos que sí lograron romper. Hubo nombres que dejaron huella: Emilio en plenitud, Héctor en crecimiento, Diego en consolidación, y un Juan Pablo Sánchez al que, en otra fiesta, sería el emperador del temple.
Porque cuando el toro no termina de darlo todo, el margen se estrecha…
y también, la espada, esa caprichosa, implacable, termina por dictar sentencia.
Fotos: Carlos Muñoz