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Aguascalientes abre su feria entre voluntad, matices… y una materia prima cuesta arriba.
El primer fin de semana de la Feria de San Marcos dejó una constante clara: el peso de la tarde recayó más en los toreros que en la condición del ganado. En un arranque marcado por la falta de fuerza, la intermitencia y la escasa transmisión, el toreo tuvo que buscar esa emoción desde el esfuerzo.
Diego Sánchez firmó una actuación que habla de un torero en evolución, con argumentos sólidos para sostenerse incluso cuando el entorno no acompaña. Su tarde quedó marcada por un inicio abrupto que rompió de tajo cualquier posibilidad de desarrollo, obligándolo a recomponerse. Lejos de desdibujarse, supo reenfocar su actuación y, en su segundo turno, dejó ver temple, serenidad y una capacidad notable para dosificar los requerimientos de este ejemplar. Construyó una faena de trazo medido, entendiendo perfectamente las limitaciones del toro, y apostando por la serenidad en medio de la tormenta. Aún cuando realizó una faena inteligente, no logró redondear. La espada, sin embargo, volvió a recordarle que en el toreo todo cuenta, diluyendo una labor que tenía fondo.
Héctor Gutiérrez volvió a presentarse como un torero de concepto, de esos que no dependen exclusivamente del toro para expresar su idea. Desde el capote, su toreo tuvo gusto, cadencia y una clara intención estética, conectando con el tendido desde lo visual. Ya con la muleta, su actuación se sostuvo en el fondo torero, y supo leer la fragilidad de su oponente y ajustar su propuesta para no romperlo, apostando por muletazos largos, templados, de trazo limpio. Hubo momentos en los que logró imponer su ritmo, dibujando pasajes de calidad que dejaron ver su dimensión. Sin embargo, la constante interrupción en la embestida impidió que la faena tomara vuelo definitivo. Más que una actuación redonda, fue una exposición de principios, de un torero que entiende el toreo desde la construcción y el fondo.
Isaac Fonseca volvió a dejar claro que su bandera es la entrega absoluta. No hubo un solo instante en el que negociara la actitud, buscando siempre ir hacia adelante, incluso cuando el terreno era adverso. Su planteamiento fue de máxima intensidad, intentando imponer un ritmo que los toros nunca terminaron de asumir. Ahí radicó el principal obstáculo: la falta de colaboración del ganado le impidió dar continuidad a su propuesta, obligándolo a reinventarse constantemente dentro de la faena. Aun así, dejó momentos de valor seco, de exposición real, de esos que conectan desde la emoción más que desde la forma. Quedó la sensación de un torero que está dispuesto a romper, pero que necesita un toro que le permita canalizar toda esa energía en una obra completa.
El telón del primer festejo no cayó de golpe, pero sí dejó una sensación clara: fue una tarde de esfuerzo sostenido, en la que los toreros tuvieron que construir casi todo frente a un ganado que ofreció poco. Predominó la insistencia por encontrar un hilo conductor que nunca terminó de encontrarse.
Entre un festejo y otro, la plaza cambió de ritmo. Antes del arranque de la segunda corrida, la lluvia hizo acto de presencia, obligando a una pausa y a poner atención en el ruedo. El inicio se retrasó algunos minutos mientras se trabajaba en dejar la arena en condiciones.
Con el paso de ese breve compás de espera, el entorno se volvió más fresco, incluso con algo de frío al caer la tarde, y con ello también la percepción desde el tendido.
Sin embargo, en lo esencial, se mantuvo la misma exigencia, misma necesidad de que el torero sostuviera lo que el toro apenas insinuaba.
Leo Valadez vivió una tarde marcada desde el inicio por la adversidad. Su primer toro tuvo que ser apuntillado tras un percance, dejándolo sin posibilidad de expresar su planteamiento inicial, que ya apuntaba decisión y ambición desde la puerta. Lejos de venirse abajo, Valadez mantuvo la actitud, regresando a los medios con determinación en el 1ro bis. Su toreo se sostuvo en la exposición, en el querer siempre más, en no dar un paso atrás incluso cuando la embestida era incierta y desordenada. En ese segundo toro, además, se vivió un momento de tensión cuando Jesús de Nazareth sufrió un percance al perderse en los terrenos, evidenciando falta de conocimiento de los mismos, y terminar estrellándose por sí solo contra el burladero, quedando a merced del toro, que le propinó una aparatosa paliza. Superado el incidente, Leo continuó con el segundo tercio, con entrega pero poco atinado. Ya con la muleta, hubo momentos en los que logró conectar desde el riesgo, desde esa cercanía que estremece, pero la falta de continuidad del toro impidió que la faena tomara forma estructurada. En su turno adicional, volvió a mostrarse dispuesto, encontrando un oponente con algo más de transmisión, aunque insuficiente para redondear. Quedó la imagen de un torero que no se guarda nada, aunque el resultado no termine de acompañar.
Jesús Enrique Colombo construyó una tarde de menos a más, encontrando finalmente el reconocimiento en su segundo turno. En su primero, la falta de acople fue evidente, condicionado por un toro áspero, violento en su embestida, que nunca permitió confianza. Colombo lo intentó, pero sin encontrar el sitio la tecla adecuada. Sin embargo, en su segundo, mostró otra cara: entendió mejor las condiciones, ajustó alturas, midió distancias y logró estructurar una faena con sentido. No fue una labor sencilla; el toro exigía precisión y oficio, y Colombo respondió con una actuación de mérito, en la que supo imponerse poco a poco. La conexión con el tendido llegó desde el esfuerzo y la insistencia, y la estocada efectiva terminó por rubricar el corte de una oreja, premio a su capacidad, en una, ya noche de condiciones exigentes.
Alejandro Adame dejó una actuación que osciló entre la intención y la falta de contundencia. Hubo en él disposición desde el inicio, buscando agradar y encontrar el sitio, con detalles que apuntaban a un concepto interesante, especialmente en pasajes donde logró ligar. Sin embargo, la faena nunca terminó de tomar forma sólida. Le faltó continuidad, mando en los momentos clave y una mayor claridad en la elección de terrenos. El exceso de tiempo terminó por jugar en su contra, diluyendo lo que pudo haber sido una labor de mayor impacto. A ello se sumó la falta de contundencia con la espada, que prolongó innecesariamente el desenlace. En el cierre, la tónica no cambió: voluntad sí, pero sin terminar de calar en el ánimo de la afición.
Así, Aguascalientes abrió su feria con una constante que suele marcar los grandes seriales: la diferencia entre estar y trascender. Los toreros estuvieron, insistieron, expusieron… pero el toro, ese elemento imprescindible, apenas permitió que la emoción apareciera a cuentagotas.
La feria apenas comienza. Y en esa espera, vive la esperanza de que, en cualquier tarde, aparezca ese toro que haga que todo -el torero, la plaza, la historia- cobre sentido.
Fotos: Carlos Muñoz