2. LA HACIENDA

Carlos Castañeda Gómez del Campo - 3/5/2019

'Hacienda' es el término utilizado para denominar el patrimonio de una persona. Al paso del tiempo, sin perder este significado, el término se transformó en el de 'empresa o sociedad creada para la explotación de cualquier bien'. Así, existieron haciendas ganaderas, mineras, agrícolas y de otros tipos.
La imagen física de estas propiedades era el casco, a cuyo derredor se construían todas las instalaciones necesarias para el desarrollo de las actividades que le daban existencia. Asimismo, en sus contornos crecían pueblos o las propias calpanerías, viviendas construidas con materiales de la región, para quienes laboraban en ella.
La hacienda fue el sistema económico que permitió el desarrollo y la formación del país durante muchos años. Las grandes extensiones de tierra y la existencia de capital suficiente permitieron el desarrollo y crecimiento de la minería, la agricultura y la ganadería en todo el territorio. De distintas extensiones –mucho más grandes en el norte, donde, por otro lado, la mano de obra era escasa–, las haciendas fueron polos de desarrollo diseminados por todos los lugares de un país de gran extensión territorial, que posibilitaron su colonización y también la generación de su desarrollo económico. La gran mayoría contaba con tierras de cultivo, explotaciones forestales y terrenos dedicados al ganado, y eran los proveedores de las grandes ciudades donde se comercializaban sus productos. Las haciendas se consolidaron hasta que lograron tener un sistema propio de mano de obra, el llamado peonaje por deudas. Socialmente, esto tuvo muchas implicaciones. A través de la historia, las relaciones entre peones y hacendados fueron complejas y diversas, e íntimamente ligadas a la vida política y social de México.
No se tiene la fecha exacta de la fundación de la hacienda de San Mateo Huiscolotepec, conocida como Piedras Negras. Sabemos, por los documentos del Archivo General de la Nación [en adelante, AGN] en donde se detallan sus distintos dueños, que su primer propietario fue Jerónimo de Cervantes, bisnieto del conquistador Leonel de Cervantes, originario de Cuenca, y quien declaraba no solo ser miembro de la Orden de Santiago, sino su comendador. Vivía en Cuba cuando Hernán Cortés organizó su expedición a México. Llegó aquí con Pánfilo de Narváez, al frente de la nave capitana de la flota enviada para detenerlo. Después de la derrota de Narváez, Leonel se unió a Cortés, luchó en las batallas de la Noche Triste, y de Otumba y, a punto de caer Tenochtitlán, partió a España de donde regresó a los pocos años, trayendo a un hijo de nombre Alonso y a seis hijas que nacieron en Burguillos, Badajoz, a quienes casó luego ventajosamente con hijos de otros conquistadores, entre ellas, Luisa de Lara, quien contrajo nupcias con su primo segundo, Juan de Cervantes, y Beatriz de Andrada, fundadora del mayorazgo de la Llave, de quien se decía era la mujer más rica de México, y que hacia 1585 casó primero con Juan Jaramillo de Salvatierra, quien había estado casado con la Malinche, y después, nuevamente, con el hermano menor del virrey Luis de Velasco, don Francisco Velasco.
De esta forma, los descendientes de Leonel crearon, mediante lazos matrimoniales, relaciones económicas y políticas que les aseguraran un lugar preponderante en la recién nacida Nueva España. Estas familias de conquistadores no solo lograron adquirir riqueza y heredarla a las siguientes generaciones, sino que obtuvieron poder político y prestigio social.
Llegaron a Nueva España, por un lado, Leonel de Cervantes y, por otro, Juan Gómez de Cervantes, parientes entre sí. Este último, originario de Sevilla, casó con Luisa de Lara y Andrada, hija de Leonel el Conquistador. Al momento de su muerte, en 1564, Juan Gómez era alcalde ordinario de la Ciudad de México. De este matrimonio nació Gonzalo Gómez de Cervantes, también alcalde ordinario en 1584, quien casó con Catalina de Tapia Carvajal, padres de Jerónimo de Cervantes, fundador de San Mateo Huiscolotepec. Por lo tanto, Jerónimo era bisnieto del Conquistador, mas no por línea paterna directa, sino a través de la abuela de su padre. Un hermano de él, Juan de Cervantes, entre otras posesiones, tenía varias casas en Tlaxcala, por lo que es natural pensar que la familia estaba ya establecida ahí cuando Jerónimo adquirió San Mateo Huiscolotepec.
De un trabajo muy interesante, «Tres familias mexicanas del siglo XVI», de John F. Schwaller (Historia mexicana, COLMEX, 1981), junto con una ficha del Archivo General de Indias y otras publicaciones en internet, he obtenido parte de esta información, en donde se detalla toda la descendencia de los dos Cervantes que llegaron a México en ese siglo.
El año de 1580 es el que distintos investigadores fijan como el de la fundación de Piedras Negras.
Jerónimo de Cervantes pertenecía a la aristocracia formada por los conquistadores, primer poder de la recién nacida Nueva España. Como veremos más adelante, este tipo de propiedades se formaron y crecieron casi siempre por negociaciones económicas y sociales, pero también al amparo de las influencias del poder político. Para 1580, apenas se comenzaba a consolidar la clase dominante cuyas raíces provienen de los conquistadores y sus descendientes. Ese año, Jerónimo de Cervantes inició la edificación del casco de la hacienda, que contaba con 80 caballerías de tierra, el equivalente a 3 360 hectáreas. No se encontró ninguna fuente histórica de la cual se pueda obtener información respecto a la vida de la hacienda, sin embargo, es de suponer que se concentró, como la mayoría de las propiedades de aquel tiempo, en la crianza de animales y, posteriormente, en el cultivo de cereales, destinados tanto al propio abasto como al comercio. A la tradicional producción indígena del maíz y el frijol, se sumó la europea de trigo y cebada, esta última para el consumo de los animales, ante la paulatina disminución de las trashumancias. Seguramente se construyeron las casas para los dueños, administradores y trabajadores; establos y corrales, almacenes y trojes, talleres, tinacal, capilla y cementerio.
El segundo dueño de San Mateo Huiscolotepec fue Pedro Tenorio de la Banda, cuya familia poseía propiedades en Cholula y Puebla. A él le siguen don Luis García Becerra y su esposa, María Fernández de Soria, quien formaba parte de una familia que poseía grandes extensiones en el estado y que donó los terrenos para la formación de San Luis Apizaquito.
Durante el siglo XVI no existían mayorazgos en el territorio de Tlaxcala, y para el siguiente siglo está registrado uno que arroja datos muy interesantes para esta historia:
En el año 1633 dos familias del pago de Texcalac se decidieron a unificar algunos predios. Fue el caso de Luis García de Nájera y su cónyuge, Petronila de Soria, así como su hijastra, María Fernández de Soria, con su marido, Luis García Becerra. El fundador Luis García de Nájera aportó toda su propiedad, mientras que los otros aportaron solamente una parte de sus bienes al mayorazgo (el tercio y el remanente del quinto). El resto permaneció para su libre disposición. Los participantes se comprometían a aumentar sus contribuciones de terreno en igual porcentaje en caso de hacerse otras incorporaciones. Al no existir un heredero masculino, se nombró a Luis Nájera Becerra, nieto de la fundadora, como futuro usufructuario.
Piedras Negras no entró, por lo tanto, en el mayorazgo, ya que los García Becerra le heredaron la propiedad a su hija, Luisa de Soria y Becerra, quien sería esposa de Fernando Niño de Castro, quien gobernaría la ciudad de Tlaxcala alrededor del año de 1665.
En el año de 1672, Bartolomé Estrada, caballero de la Orden de Santiago, contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de Cuentas de esta Nueva España, vecino de la Ciudad de México, albacea testamentario fideicomisario del capitán don Fernando Niño de Castro, quien era su suegro, viudo de doña Luisa Soria y Becerra, compareció ante el escribano real de Puebla, para la ejecución del testamento a favor de don Fernando Niño de Córdova,  hermano de Niño de Castro. Extraño legado, ya que la propiedad la había heredado su esposa de sus padres, al no formar parte del mayorazgo de los Nájera, y tenían dos hijos a quienes dejar la propiedad.
Es notorio cómo nombres y apellidos se repiten, pero no de la forma actual. En aquel tiempo se podía escoger el apellido de cualquiera de los abuelos –esto hizo la investigación un poco complicada–, pero queda claro que un siglo después, los nuevos dueños del poder político ya no eran los conquistadores, sino la clase gobernante, además del clero, que comenzaba a acumular riqueza.
En ese entonces, la «banca» era la Iglesia. A través de capellanías, diezmos, donativos, limosnas y del propio capital que generaban sus propiedades, la Iglesia tenía los recursos para ser el principal acreedor de la economía virreinal.
Los primeros frailes que llegaron a Nueva España fueron verdaderos apóstoles de la fe. En un país sin caminos, sin ciudades, sin límites, emprendieron el trabajo de catequizar vastas extensiones, y en muchos casos fueron defensores de los indios. Al paso del tiempo, la Iglesia fue amasando un gran capital; además de pagar las múltiples construcciones que edificaron, este caudal tenía el propósito de proporcionales una estabilidad económica independiente de sus diversas fuentes de ingreso. Por una parte, la estabilidad y seguridad se las daría la tierra, sin embargo, el colocar dinero en condiciones ventajosas les permitió una gran injerencia en la vida económica de la sociedad.
La herencia de Niño de Córdova no solo fue la hacienda, sino las deudas implícitas, constituidas por capellanías e hipotecas contraídas con distintas órdenes religiosas y sus conventos.
Niño de Córdova fue dueño de Piedras Negras durante veintisiete años, esto es, hasta 1698, cuando la vendió a Sebastián de Estomba, vecino de Puebla, quien solo la tuvo poco más de dos años, para traspasarla al convento y hospital de Nuestra Señora de Belén y San Francisco de Sales. La venta de Piedras Negras fue acordada en veinte mil piezas de oro. Sin embargo, no hubo efectivo de por medio. El convento absorbió las deudas de Estomba y le entregó como complemento un pagaré por $9 400 con un interés del 5% anual.

CONTINUARA.

 

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