Reglamento

5. PIEDRAS NEGRAS Y LOS GONZÁLEZ

En Tlaxcala, el primer integrante de la familia González de Silva de quien se tiene conocimiento es Ramón, quien en 1695 contrajo nupcias con María Martínez de Avilés.
En el año de 1710, la Guerra de Sucesión Española estaba en su apogeo, desatada tras la muerte del rey Carlos II, que no había dejado herederos. Esta batalla, como todas, requirió de constante financiamiento. El rey Felipe V, heredero por testamento de la Corona, se vio obligado a pedir a sus súbditos un «donativo gracioso» para la causa. Uno de los grupos con mayor riqueza era el de los terratenientes, y fue a ellos a quienes dirigió una cédula real para solicitarles cien pesos por hacienda y cincuenta pesos por rancho, excluyendo a aquellos dueños que fueran indios o eclesiásticos. Para esto, el alcalde mayor de Tlaxcala designó pregoneros para llevar el aviso a las distintas jurisdicciones del territorio:
Estando en la plaza pública del pueblo de Nativitas, jurisdicción de la ciudad de Tlaxcala, a nueve días del mes de octubre de mil setecientos diez años, ante mí, Ramón González de Silva, teniente gobernador de este partido, habiéndose tocado una trompeta, y con su voz juntándose mucha gente, por ser día de feria, entre once y doce del día, hice pregonar la Real Cédula de su Majestad, que Dios guarde muchos años...
Así, encontramos a Ramón González en el seno del gobierno de la ciudad de Tlaxcala, además de que también era arrendatario de la hacienda de Santo Tomás, propiedad del capitán José Idalgo:
En dicha ciudad de Tlaxcala dicho día diez y seis de septiembre de dicho año de mil setecientos y doce años, ante su señoría, dicho gobernador pareció Ramón González, vecino del partido de Santa María Nativitas de esta provincia y dijo que se halla depositario de una hacienda de labor, nombrada Santo Tomás, en dicho partido, cuya propiedad pertenece al Capitán José Idalgo, que le parece se compone de 12 caballerías de tierra poco más o menos, labor de Ciénega, con cien bueyes de arado, treinta y dos caballos de trilla, y siete vacas...
Poco más de quinientas hectáreas y muchos animales, por todo lo cual tuvo que dar una graciosa cooperación de cien pesos.
Ramón González de Silva es el chozno de Mariano González de Silva Fernández de la Horta, primer González propietario de Piedras Negras. Mariano, nació en el año de 1802. Se casó con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz, con quien en un principio vivió en Santa Clara de Ozumba, hacienda que arrendaba su padre y donde al morir asesinado este, estaban su madre y sus hermanos menores. Allí tuvo a sus primeros cuatro hijos antes de trasladar su residencia a Piedras Negras con todos ellos. La familia creció y logró mantenerse unida hasta su muerte. Cuando arrendó la hacienda a la viuda de Miranda y posteriormente al Colegio Clerical de Puebla, la productividad comenzó a decrecer. La Venta ya no generaba los ingresos de antaño, ya que en el camino de México a Veracruz, la ruta Jalapa-Orizaba era la que estaba en mejores condiciones. Por otra parte, en el año de 1834 inició el transporte en diligencias, que transitaban justo por dicha vía. Por lo tanto, Piedras Negras quedó fuera de la ruta del comercio, y, de ahí en adelante, sus ingresos serían exclusivamente agropecuarios. En otras partes del país, el servicio de diligencias comenzó a partir de 1806. La que corría entre México y Puebla fue ampliada en 1830 para llegar hasta Veracruz, por el camino Jalapa-Orizaba.
Viajar en diligencia no era del todo cómodo: cabían dieciocho personas, de las cuales, nueve iban sentadas en el techo. Debido a los asaltos en el camino, había trechos (por ejemplo, de hasta 144 kilómetros) que debían recorrerse sin paradas y sin abastecimiento de agua. Todo un día de recorrido, si el terreno lo permitía. La diligencia mexicana era un «maravilloso vehículo arrastrado por ocho mulas, dos delante, cuatro en medio y dos atadas inmediatamente al coche. La habilidad del cochero era asombrosa, pues mantenía una constante conversación con sus mulas alentándolas por sus nombres».
Los servicios que ofrecían las ventas tenían como base un reglamento que simple y llanamente se conocía como «aviso a los pasajeros», de acuerdo a las siguientes normas:
– El importe del «asiento» se satisfacía en el acto de comprar el boleto, que tenía carácter personal, y era intransferible.
– El viajero que no se presentara a la hora señalada perdía el importe del boleto pagado, pues este solamente amparaba el número de viaje a la hora y día predeterminados, así que el pasajero perdía el derecho a cualquier reclamación por el importe desembolsado.
– Se exceptuaba del pago de boleto a los niños de pecho que viajaran en brazos de sus madres o sus nodrizas.
– Por cada asiento, el pasajero tenía derecho a llevar una arroba de equipaje; el exceso era cobrado a un determinado «arancel».
– El servicio de posada de La Venta era únicamente para los pasajeros de las diligencias que tomaban y llegaban en carruajes de la empresa. La admisión de otras personas constituía un acto excepcional que quedaba a criterio del administrador.
– Los servicios de alimentación también eran exclusivamente para los huéspedes o pasajeros, pero estos tenían el privilegio de invitar a una o más personas a almorzar o comer, siempre que avisaran con seis horas de anticipación al administrador.
Hay estimaciones de que a principios del México independiente existían cincuenta y cinco rutas carreteras y ciento cinco de herradura, que cubrían un total de 27 000 kilómetros a lo largo y ancho del país. De esta red, solo el veinticinco por ciento admitía el tránsito rodado. El cambio real en el desarrollo del transporte en el país sería cuarenta años después, con la llegada del ferrocarril. La gran ventaja que aportaron las diligencias fue el ahorro en el tiempo de transporte. A lo sumo, ya solo se hacían seis días de Veracruz a México. El sistema de arrieros continuaba funcionando y se construyeron muchas ventas en este ahora casi único camino.
En 1834 aparece en escena Manuel Escandón, empresario mexicano de peso muy importante en el desarrollo del transporte en el país, sobre todo en lo que toca al camino México-Veracruz. Propietario de muy diversos negocios, desde la minería hasta la industria textil, próspero hacendado en distintos estados y hábil sobreviviente a los constantes cambios en la política y el gobierno de México, logró amasar una gran fortuna. Ese año compró una compañía americana, propiedad de los señores Smart, Coyne y Renewalt, que era la única línea de diligencias que existía en México. Y mediante una sagaz negociación con el presidente Santa Anna, consiguió la exclusividad en este medio a cambio de arreglar los caminos, para lo cual adicionalmente obtuvo el derecho al cobro de peaje de quienes por ahí circularan. Por otra parte, también consiguió el transporte para la correspondencia. Algunos competidores aparecieron en los primeros años, pero seguramente no contaban con la fuerza política y económica de los Escandón, quienes controlaron por muchos años el negocio del transporte. El paso por Orizaba y Puebla era obligado para su beneficio, ya que ahí se encontraban las fábricas textiles de las cuales eran dueños.
Como apuntábamos líneas atrás, Piedras Negras quedó fuera de la gran carretera. Podría asegurarse que algunos arrieros seguían pasando, pero en menor medida. Cuando Mariano González presentó el inventario y avalúo de la hacienda al Colegio Clerical de Puebla ya no se incluía La Venta como un activo con valor individual.
Mariano González Fernández llegó a Piedras Negras a finales de 1835, casado con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz, y con sus cuatro hijos: María de la Luz, Manuel, Josefa y Bernardo, todos de apellido González Muñoz. El padre de don Mariano, Manuel Mariano González de Silva, había sido arrendatario de la hacienda de Santa Clara de Ozumba, cercana a Tlaxco, en el rumbo de Atlangatepec, al menos desde el año 1798. Esta hacienda se la arrendaba al Colegio Clerical de Puebla, con el que tenía cercanas relaciones. Como mera acotación, al construirse la presa de Atlanga muchos años después, la hacienda quedaría bajo el agua. Hoy solo se pueden ver algunos muros y columnas en la orilla. De acuerdo al relato de Carlos Hernández González, Mariano González «recibió la noticia de que su padre, Manuel Mariano, y su hermano Miguel, habían sufrido un atentado mortal en la hacienda donde vivían, Santa Clara de Ozumba. De inmediato acudió a la propiedad familiar para enterrar a su padre y a su hermano». Esto sucedió cuando él estudiaba en Puebla, en el año de 1824, y fue después de once años que dejó esta propiedad para arrendarle Piedras Negras a la viuda de Miranda. En 1840, derivado de sus buenas relaciones con el clero poblano, este le mantuvo el contrato de renta.
Santa Clara era una hacienda pequeña, comparada con la gran propiedad de la que estaba tomando posesión. En el año de 1712, de acuerdo con el censo que hemos mencionado, esta hacienda era propiedad de Antonio Roxano Mudarra, y constaba de 40 caballerías de tierra mala y laboría, aproximadamente 1 720 hectáreas. Piedras Negras, como ya vimos, era una propiedad mucho más grande, sin embargo, la experiencia de su familia que siempre se había dedicado al campo le daba el sustento necesario y suficiente para tener éxito en tan complicada tarea. No hay datos del precio convenido para arrendar la propiedad en 1835, sin embargo, para 1854 pagaba $4 500 anuales.
México seguía inmerso en el desordenado vaivén político existente desde la Independencia. La economía del país se encontraba estancada por diversas razones, principalmente la falta de estabilidad política y la ausencia de capital. De Guadalupe Victoria, en 1824, a Ignacio Comonfort, en 1855, hubo veintiséis presidentes de la República; la guerra no se detuvo nunca; México había perdido la mitad del territorio y todavía faltaba promulgar una nueva Constitución que diera forma al recién nacido país.
En un esfuerzo por despertar el crecimiento económico, el gobierno del presidente Comonfort buscó eliminar uno de los principales obstáculos para el desarrollo de una economía estable y creciente: la existencia de fincas improductivas que jamás salían a la venta debido a que estaban en manos de la Iglesia y sus distintas corporaciones. Así, el 25 de junio de 1856 se promulgó la Ley Lerdo, llamada así en referencia al apellido del entonces secretario de Hacienda, Sebastián Lerdo de Tejada:
Ministerio de Hacienda. El excelentísimo señor Presidente sustituto de la república se ha servido dirigirme el decreto que sigue:
Ignacio Comonfort, presidente sustituto de la república mexicana, a los habitantes de ella, sabed: Que considerando que uno de los mayores obstáculos para la prosperidad y progreso de la Nación es la falta de movimiento o libre circulación de una gran parte de la propiedad raíz, base fundamental de la riqueza pública, y en uso de las facultades que me concede el plan proclamado en Ayutla y reformado en Acapulco, he tenido a bien decretar lo siguiente:
Artículo 1.- Todas las fincas rústicas y urbanas que hoy tienen o administran como propietarios las corporaciones civiles o eclesiásticas de la República se adjudicarán en propiedad a los que las tienen arrendadas, por el valor correspondiente a la renta que en la actualidad pagan, calculada como rédito al seis por ciento anual.
[...]
Artículo 5.- Tanto las urbanas como las rústicas que no estén arrendadas a la fecha de publicación de esta ley se adjudicarán al mejor postor, en almoneda que se celebrará ante la primera autoridad política del partido.
La ley constaba de treinta y cinco artículos, donde se detallaban formas de pago, documentación de intereses, impuestos, derechos de propiedad con los que quedaba la Iglesia, entre otras cosas. El clero protestó, pero la ley se aprobó en el Congreso, en medio de grandes discusiones, entre las cuales hubo opiniones que incluso proponían la expropiación total de las propiedades, sin derecho a cobro por parte de las corporaciones propietarias. La ley generaría un impacto enorme en la economía y la fisonomía territorial a lo largo y ancho del país. Al paso del tiempo, junto con la ley de terrenos baldíos, publicada por el presidente Díaz, sería la base para la conformación de las grandes propiedades en México.
Al amparo de la Ley Lerdo, el 26 de julio de 1856, a unos días de haberse publicado, Mariano González Fernández presentó formal solicitud para adquirir la hacienda de Piedras Negras:
... al Prefecto de Tlaxco en cuyo partido se halla situada la Hacienda de Piedras Negras, para que en cumplimiento del decreto expedido el 14 del corriente por el Excmo. Sr. Gobernador de Puebla; ratificando que sea este curso por el Co. Mariano González y averiguada la cantidad que paga por arrendamiento de la finca, celebre el contrato respectivo sobre la adjudicación de que se trata y prestado que sea su consentimiento lo participe así al escribano de Huamantla a fin de que proceda este funcionario al otorgamiento de la escritura conforme a la Ley, o lo avise al Prefecto del cito Huamantla para que asista en su representación a extender dicho documento.
A los tres días, el señor José Merchán, quien era el prefecto de Tlaxco, respondió afirmativamente, señalando que ante la imposibilidad de hacerlo en persona había enviado escrito a don Juan Arriaga, escribano de Huamantla, para que se diera trámite al referido otorgamiento. El 31 de julio se llevó a cabo la comparecencia del prefecto interino de Tlaxco, Manuel Montiel, en nombre y representación de Merchán, y ahí se asentó el deslinde de los predios:
... el Sr. Don Mariano González, como arrendatario de la hacienda intitulada S. Mateo Huiscolotepec, alias Piedras Negras, y sus Ranchos anexos nombrados, Ahuatepec, Atenco y Gómez, cuyos fundos unidos y ubicados en el Partido de Tlaxco linda por el Oriente, con La Laguna y hacienda de Tenejaque y Teometitla; por el Sur, con la Hacienda San José de Piedras Negras y pueblo Santiago Tetla, San Bartolo y San Francisco Atezcatzinco; por el Norte, con toda la ranchería de Toluquilla y con la Hacienda de Tecomalucan; y por el Poniente, con las haciendas de Zotoluca, Zocaque y Ecatepec; advirtiéndose que entre los terrenos de Atenco y Piedras Negras hay un espacio perteneciente a los de San Bartolo.
En la misma audiencia, se dio fe de que la propiedad no tenía gravámenes ni adeudos fiscales, y se presentaron los recibos de renta pagados por Mariano González. Dado que su renta anual era de $4 500, el valor de la operación, capitalizando esta renta al 6%, se fijó en $75 000, de los cuales $58 334 eran por el valor de las tierras y por las instalaciones, y el resto por sus contenidos. Mariano se declaró en posesión de ambos y aceptó la adjudicación por el referido precio, comprometiéndose a no reclamarlo nunca y a pagar un interés del 6% anual sobre el saldo insoluto de su valor, pudiendo hacer pagos en cualquier momento, siempre y cuando estos no fueran menores a $1 000. La propia hacienda quedó como garantía y se hizo anotación de la imposibilidad de su venta o hipoteca por parte de don Mariano hasta no cubrir el total.
Cuando los Miranda adquirieron la propiedad, la tierra fue valuada en $57 600, prácticamente el mismo valor; sin embargo, el resto de los bienes muebles e inmuebles se valuaron en otros $70 000, comparados con los $16 666 que pagó Mariano González por el resto de lo adquirido. Esto me hace pensar que la renta fijada originalmente en 1835 era muy baja, derivado de que las instalaciones ya no estaban en buen estado y de que la producción de la hacienda había disminuido de manera significativa, seguramente por la desaparición del negocio de la posada y porque José Ventura de Miranda no era únicamente dueño de Piedras Negras, sino de muchas propiedades más, por lo que no dedicaba todo su tiempo ni su capital exclusivamente a esta hacienda. Sabemos que al menos poseía Zotoluca, de gran valor a la muerte de su padre, así como propiedades en Apan. Además, tuvo una participación activa en la política y el movimiento independentista. Empero, al fallecer no estaba cubriendo los pagos pendientes por la adquisición de la hacienda, lo cual indica que la solidez financiera que tenía al momento de la compra ya no era la misma y que su mujer simplemente decidió perder la propiedad en favor del Colegio Clerical de Puebla.
A esta Piedras Negras un poco disminuida llegó Mariano González. Es importante mencionar también que, además de sus cuatro hijos, desde un principio llegaron con él sus hermanas Ma. Dolores y Ma. de la Luz, así como su hermano José, todos menores que él. Otra de sus hermanas, Ma. Antonia, ya había contraído nupcias con José Guadalupe Muñoz de Cote, hermano de su esposa. Sin entrar en los detalles de fechas y pagos, fue hasta el 22 de noviembre de 1862 cuando el escribano público de Huamantla otorgó formalmente la cancelación oficial de su obligación ante el Gobierno de la República después de haber enterado los pagos correspondientes al Colegio Clerical de Puebla, la Casa de Mujeres Recogidas y la parroquia de San Ángel. La escritura definitiva se entregó hasta el 7 de noviembre de 1889, ocho años después de la muerte de Mariano, quien había fallecido el 20 de noviembre de 1881.
En La Voz de México del 21 de noviembre de 1881 se publicó la siguiente esquela:
Hacienda de Piedras Negras, noviembre 21 de 1881
A las doce del día de ayer, murió en Puebla el Sr. D. Mariano González, dueño de esta hacienda; hoy será trasladado a la parroquia del pueblo de Santiago Tetla, donde serán las exequias, y de esa iglesia se lleva a dar sepultura al templo de esta hacienda.
Murió con toda la resignación en medio de todos los auxilios de la religión que profesó desde niño, pues siempre fue un verdadero católico, apostólico romano, en cuyas sanas doctrinas dejó bien educada a su numerosa familia, habiendo gastado su vida en hacer cuantos beneficios pudo con la humanidad, por lo que fue muy querido y respetado de todas las clases de la sociedad y de cuantas personas lo conocieron.
Hoy descansa en paz.
Mariano González estuvo al frente de Piedras Negras cuarenta y seis años. Bajo su mando, en lo económico, la hacienda alcanzó un nombre muy importante en la región, y en el aspecto familiar: «esta casa era un hogar donde se conservaba la elegancia de la timidez provinciana en el trato, la sencillez de sus atuendos y la modestia cotidiana». En esos años, la producción y los terrenos de los González crecieron ininterrumpidamente en cuanto a la producción agropecuaria y también en la extensión, dado que adquirieron varias propiedades más.
En términos generales, las tierras en las haciendas se dividían en tres tipos: las de explotación directa, que eran las mejores, pues estaban bien ubicadas y en ocasiones podían ser irrigadas; las de explotación indirecta, que eran tierras más pobres o sin infraestructura; y por último, aquellas que se conservaban como reserva. Por otra parte, la producción era para autoconsumo y para surtir al mercado, de tal forma que, dependiendo de los precios de sus productos, activaban el uso intensivo de una y otra calidad de tierra. Para finales del siglo XVIII, derivado del cambio del perfil de los dueños, cada vez más, era el propio hacendado quien explotaba la finca; este es el caso de Mariano González Fernández, porque estaba al frente de la explotación y habitaba la propiedad.
En el caso de Piedras Negras podemos inferir del avalúo de compra de los Miranda que el 40% de la tierra era de «pastal, montura y pedregosa», y el 60% de «todas calidades, suprema, media e ínfima», por lo que el crecimiento, en términos de agricultura, se reducía en posibilidad a menos del 50% de la finca, así que, del total de empleados de la finca, la mayoría estaba dedicada a labores pecuarias, que incluían ovejas, cerdos, ganado caballar y vacuno, sin dejar de existir, sobre todo, las tradicionales cosechas de maíz y cebada.
La ubicación de la hacienda le permitía hacer ajustes de manera muy ágil entre autoconsumo y venta, por lo que la rentabilidad no dependía exclusivamente de un producto ni de los movimientos de los precios del mercado.
El pulque, ya se producía, pero aún no tenía el peso económico que llegó a tener para la hacienda en los siguientes años, ni el que tuvo en el tiempo anterior a Miranda. Al comprar la hacienda, los Miranda habían recibido de los betlemitas poco más de cincuenta mil plantas, pero al recibirla Mariano González ya solo había cinco mil. No obstante, don Mariano y sus hijos se encargarían de volver a hacer crecer la capacidad de producción pulquera de manera muy importante.
Para 1865, todavía el pulque era transportado por arrieros en cueros o botas a lomo de mula, por lo que la capacidad de movilización era reducida. Sin embargo, al inaugurarse el ferrocarril en el año de 1866, el mercado cambió de manera radical. Y la sociedad también. La llegada de este medio de transporte fue un parteaguas económico, social político y militar. La posibilidad de cubrir grandes distancias en un tiempo jamás imaginado marcaría para siempre el desarrollo del país.
A finales de 1857, Antonio Escandón viajó a los Estados Unidos y contrató al ingeniero Andren Talcott, para que se encargara del levantamiento topográfico de la ruta que debía seguir el Ferrocarril Mexicano, de Veracruz a la Ciudad de México. Una vez más surgió la discusión sobre si el trazo debería ser por Jalapa o por Orizaba. Más o menos, como había pasado años antes con la ruta de las diligencias, el peso de los negocios de los Escandón se convirtió en el fiel de la balanza. Ellos eran dueños de la fábrica textil de Cocolapan, cerca de Orizaba, lo que sin duda influyó para que decidieran que la vía pasaría por este último punto. Sin embargo, la ruta que se escogió fue totalmente diferente. En la ciudad de Puebla hubo oposición por parte de prominentes hombres de negocios y de los abogados más destacados. Uno de ellos argumentó que a la ciudad de Puebla «no [le] reportaría más beneficios el paso del tren, que el ruido molesto del silbato y el humo de la locomotora». Entonces, se decidió que la vía de Veracruz a México pasaría por Apizaco, y que quedaría como proyecto un ramal de Apizaco a Puebla. Ante la negativa de los poblanos, Antonio Escandón definió la ruta de México a Veracruz en secciones: México-Otumba, Otumba-Apizaco, Apizaco-Boca del Monte, Boca del Monte-Paso del Macho y Paso del Macho-Veracruz. Tampoco los Escandón quedarían fuera del negocio en esta ruta. El suegro de Antonio, Eustaquio Barrón, era dueño de la hacienda de San Diego Apatlahuaya, sobre cuyos terrenos primero se levantó un campamento para albergar a los constructores de la vía y después se fundó la ciudad de Apizaco.
En octubre de 1866 se inició el tránsito sobre estas vías, hecho que cambió radicalmente las posibilidades de negocio de todas las haciendas de la zona. Este fue el inicio del crecimiento exponencial de las haciendas de esta zona, a cuyos dueños se les denominaría años después «la aristocracia pulquera», de la cual formarían parte los González.
En un principio no todo fue favorable para los hacendados. Aunque las posibilidades que ofrecía el Ferrocarril Mexicano eran muy importantes en términos de comercio, el precio del flete, que era controlado por una sola compañía, no siempre les era cómodo respecto a los precios del mercado. Por otra parte, estas mismas nuevas posibilidades generaron que se sembraran más plantas de maguey, pero en pocos años esto provocó una sobreproducción que tuvo efectos negativos sobre el precio del pulque.
No sería sino hasta el periodo entre 1869 y 1873 –cuando se construyó el Ferrocarril Interoceánico– que se inauguró la Estación Pavón dentro de los terrenos de la hacienda. El establecimiento de esta nueva vía generaría también competencia en el transporte, lo que permitió la estabilización de los precios de los fletes, y el inicio de los años de oro de la industria pulquera. Este Ferrocarril y sus ramales son los que verdaderamente beneficiaron el negocio del pulque para los González.
Don Mariano se vio claramente beneficiado, pero el fruto lo recogerían sus hijos, quienes no solo conservarían completos los terrenos de Piedras Negras en una sola unidad de producción, sino que de forma individual agregarían propiedades de gran tamaño durante los siguientes veintidós años posteriores al fallecimiento de su padre.
En general, las haciendas en Tlaxcala combinaron la producción de cereales con la cría de ganado y la producción de pulque, muchas veces creando complejos socios económicos. En el caso de Piedras Negras, a diferencia de algunas haciendas vecinas, su funcionamiento no estuvo a cargo de mayordomos o arrendatarios, sino del propio hacendado y sus hijos, quienes tenían contacto con los indígenas y trabajadores.
Del análisis de los libros de raya de la hacienda podemos deducir que para los trabajadores de Piedras Negras la hacienda significaba una vivienda y un modo de vida. En condiciones que les permitían solo márgenes pequeños o nulos entre su ingreso y su gasto, la hacienda era además una fuente de crédito que incluso les posibilitaba retrasarse en sus obligaciones económicas, sin perder su actividad laboral ni incurrir en delito. Los créditos registrados fueron principalmente para fiestas y celebraciones –bautizos, comuniones, matrimonios y defunciones. Durante la vida de Mariano González existió el endeudamiento por estas razones, más nunca fue excesivo, ni razón de arraigo o ancla para la estancia libre como trabajador de la hacienda.
Mariano González tuvo el tino de comprar la hacienda, de restablecer la explotación del pulque desde antes de la llegada del ferrocarril, de dejar en marcha una unidad productiva muy rentable y de acrecentar las propiedades para poder heredar a una descendencia tan numerosa no pequeñas unidades, sino extensiones que les aseguraran la posibilidad de continuar generando un patrimonio. Además, su gran legado fue el crecimiento de las instalaciones, que casi duplicaron su tamaño; construyó un tanto o más de casa habitación, corrales y trojes que las que se tenían originalmente. Del detalle del avalúo levantado por los Miranda en 1793 al adquirir la hacienda, sabemos que la casa contaba con una sala, una recámara y tres cuartos contiguos que miraban al sur, es decir, hacia la iglesia, o sea la parte frontal del casco. Existía también la recámara superior dividida en dos habitaciones, que en ese momento fue valuada como nueva. En las paredes del patio central de la hacienda existe una leyenda esculpida en la que se alcanza a leer: «terminado en mayo de 1779». Estaba el corredor, que daba a la escalera, techado, y de ese lado, un pasaje amplio que llevaba a la quesera, el tinacal, la cocina y sus cuartos contiguos. Sobre el corredor había una sala, y a espaldas de esta, un cuarto obrador de telares, y tres trojes. Pasando un patio, había una recamara con temazcal y una despensa de dos pisos. Además, de ese mismo lado había un cerco de paredes que servía de corral para ganado mayor, otro que hacía las veces de cebadero y otro más. Cuando fue adquirida por los Miranda, su valor fue de $64 420, tan solo cuarenta años antes de que la comprara don Mariano, quien pagó $75 000 por toda la propiedad, más sus contenidos, cosechas y animales. No fue mala compra.
Hoy en día, todo esto está en pie, sin embargo, es claro que lo que faltan son las alas norte y oriente del casco, que tuvieron que ser obra de don Mariano. Además, hay que sumar las construcciones independientes, frente a la calpanería, erigidas también por él, y acrecentadas por sus hijos en los siguientes años. En alguna de ellas consta la fecha de su construcción con la leyenda: «Esta es la última obra que mandó construir Don Mariano González Fernández», cuarenta y seis años al frente de lo que con trabajo adquirió y acrecentó.

CONTINUARA.