Reglamento

4. LOS MIRANDA

La hacienda de Piedras Negras se había puesto a la venta, ya fuese por la crisis agrícola o por las necesidades propias de la Orden de Belén. Cabría hacer una reflexión sobre el paso de los seis años que tardó en llegar un postor. El trayecto México-Veracruz siempre se pudo cubrir por dos vías: por la de Jalapa-Orizaba-Puebla o por la ruta de las ventas, que ya hemos descrito, de la cual una parada era Piedras Negras. La pugna entre comerciantes respecto a cuál vía debería de mantenerse fue constante, y a pesar de que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se cobraba peaje en ambos caminos –supuestamente destinado a su mejora y mantenimiento–, los recursos obtenidos no siempre llegaron a su destino. El estado de los caminos era deplorable. El manejo del peaje era tan irregular que en 1770 el fiscal de lo Civil solicitó al rey llevar a cabo una investigación al respecto, cuyo resultado fue que en 1783 se encargó un estudio para la realización de obras públicas de México a Veracruz. Dicho estudio abarcaba ambas rutas, y la conclusión optaba por que debían hacerse por el camino de Orizaba. La propuesta señalaba la construcción de un camino de 10 metros de ancho que permitiera el paso de carruajes y bestias en ambos sentidos, además del establecimiento de lugares expresamente hechos para el alojamiento de viajeros y atención de los animales, dado que los existentes eran parte de las haciendas y se calificaron como de muy baja calidad. Aparentemente, quien llevó a cabo el estudio era muy cercano al Tribunal Consulado de la Ciudad de México, poderoso organismo comercial que tenía gran peso político derivado de préstamos a la Corona. Aunque el virrey trató de mejorar la ruta de las ventas, en 1796 se inició la obra vía Orizaba, la cual se terminó en 1810. La ruta de las ventas trató de arreglarse a partir de 1803, pero era tan alto el costo y aumentaron tanto las deudas derivadas de su financiamiento que las labores se suspendieron en 1812.
La riqueza estaba concentrada en pocas manos, lo mismo que el poder y la información político-económica. Estas conversaciones eran del dominio público entre la élite, por lo que los probables postores, conociendo la problemática, difícilmente se atreverían a hacer una oferta por una propiedad del valor de Piedras Negras, cuando existía un riesgo real de que su principal fuente de ingresos, La Venta, casi desapareciera. Acaso esta pueda ser una razón del porqué pasaron seis años para que la Orden pudiera tener una propuesta de compra y de porqué fueron precisamente los señores Miranda quienes la hicieron.
Los frailes recibieron esta oferta el 20 septiembre de 1793:
... se presentó el día veinte de Septiembre del año último de noventa y tres, el Licenciado Don Miguel de Miranda, Presbítero de este Arzobispado, y Abogado de la Real Audiencia de este Reino, en Consorcio de su Sobrino, Don José de Ventura de Miranda, proponiendo comprar la Hacienda según se acuerda por la persona que destine para este efecto en mi compañía.
Ese mismo día, los betlemitas dieron respuesta a Miguel de Miranda haciéndole saber que el muy reverendo padre vice prefecto general había determinado, de acuerdo con los reverendos padres asistentes, que se pasara la correspondiente solicitud a la comunidad del convento de Puebla. Los intercambios de propuestas entre ambas partes se fueron dando de forma muy rápida. Al día siguiente, 21 de septiembre, lo primero que se pidió fue un avalúo:
Le ha presentado a esta Superioridad un Sujeto que pretende compra de la Hacienda de Piedras Negras bajo las estipulaciones siguientes: La referida Hacienda y todos sus muebles se deberán avaluar con dos Peritos que se deberán nombrar por las Partes, de cada uno el suyo, y un tercero que con acuerdo de ambas se haga poner, para que si hubiese discordia se componga o se decida por él, y el precio que estos pongan a la referida Hacienda y a sus muebles, este se pagará o se asegurará, como se quiera a satisfacción. Parecen muy equitativas y justas las mencionadas propuestas; en cuyo supuesto y el de no perder coyuntura tan oportuna cuando se solicita muchos tiempos ha esta venta [sic] para alivio de esa casa y de los Conventos de Veracruz y Tlatemanalco, a quien se está haciendo el mayor perjuicio.
El 23 de septiembre, los betlemitas definieron las condiciones y se tomó la decisión de venta en una votación que se resolvió de forma unánime:
En este Convento Betlemítico de San Francisco de Sales de Puebla, en veinte y tres de Septiembre de noventa y tres, juntos los Religiosos de esta Venerable comunidad que tiene voz y voto; el Reverendo Padre Vice-Prefecto in Capite Fray José de Jesús María, me entregó a mí, el presente Secretario una Carta Serrada [sic] de Nuestro Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, la que leí en alta voz e inteligible, y es la misma que antecede. Acabada de leer dio el Reverendo Padre Vice a los Religiosos pensaren sobre el auto lo que conviniera, y las propuestas que debían hacerse al comprador, para que el día de mañana las produjeren en igual Junta, con lo que se concluyó este ato [sic] de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cuatro del expresado mes y año: Juntos los Religiosos que tienen voz y voto para tratar sobre el negocio de ayer que comprehende la anterior Carta, hablando según costumbre por el más moderno, y siguiendo así hasta el Prelado dijeron: Que respecto a que a este Convento no le queda ya otro arbitrio para restablecerse, que la venta de su Hacienda de Piedras Negras, convenían en que se verificaran haciéndole al comprador las condiciones siguientes. Primera: Que se nombre un Abaluador [sic] por Parte de esta comunidad, y otro por la del comprador, pasando por el Avalúo que estos hicieron, y en caso de discordia entre los dos se nombre a un tercero con anuencia y satisfacción de ambas Partes. Segunda: Que de lo resulta del importe [sic] de la Finca que comprende precisamente las Partes y muebles, debe exhibir de contado lo menos cincuenta mil pesos que pondrá en reales o Libranza segura en la misma Finca al cinco por ciento que deberá de por tercios. Tercera: Que para este reconocimiento hipoteque la misma Finca, poniendo este principal en primer lugar con preferencias a cualquiera otro, y con el registro correspondiente en el Libro de Cabildo. Cuarta: Que los Costos de la venta sean por mitad entre el comprador y el Convento. Quinta y última: Que cuando piense redimir el principal que quedare, que no será antes de cinco años, debe avisar a el Prelado de este Convento seis meses antes para buscar dónde imponerlo. Con lo que se concluyó este segundo tratado quedando citados los Religiosos para la votación secreta mañana de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cinco del mismo mes: Juntos los Reverendos Padres de voz y voto, con el Padre Vice-Prefecto in Capite, dijo este se pasase a la votación secreta del Negocio que se trató ayer y recogidos los votos con toda reserva de modo que no se viese unos de otros por mí el presente Secretario, se hallaron ocho frijoles blancos, que es el mismo número de Religiosos que han asistido a los tratados con lo que quedan concluidos condescendiendo en la venta de la Hacienda de Piedras Negras bajo las circunstancias que previenen el segundo tratado, ocurriendo a Nuestros Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, para la aprobación de ellas según previenen nuestras Leyes: y para que conste, lo firmaron ante mí de que doy fe. Fray José de Jesús María Vice-Perfecto in Capite. Fray Andrés de las Ánimas. Fray José de Santa Anna. Fray Antonio de San Juan Nepomuceno. Fray Juan Fernando de San José. Fray José de San Francisco de Paula. Fray José de la Concepción. Por mí y ante mí. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual. Concuerda con el original a que me remito, y es sacado en este dicho Convento a veinte y cinco de Septiembre de mil setecientos noventa y tres años; siendo testigos el Padre Fray Juan de San José, y Fray José de San Francisco de Paula. En testimonio de verdad. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual.
De esta lectura cabe resaltar que se fijó un pago inicial por $50 000 y un plazo máximo de cinco años para liquidar el remanente. Pero las negociaciones no terminan aquí. Los Miranda ofrecieron $40 000 como pago inicial y solicitaron que se llevaran a cabo los avalúos acordados. Los miembros de la Orden aceptaron la propuesta, en el entendido de que se debería entregar dicha cantidad de inmediato y los $10 000 restantes, dentro de los tres primeros meses posteriores a la firma de la escritura. Para este efecto se nombraron los valuadores. Por el convento se designó a don Manuel Dávila, vecino de Huamantla; y por parte de los Miranda, a José Muñoz, dueño de la hacienda de Zoquiapan, en Texcoco; como tercero, en caso de discordia, a Juan Bartolomé Escobedo, dueño de la hacienda de San Marcos, en Tepeaca.
El avalúo comprendió tierras y aguajes, casas y oficinas, las casas de La Venta, Socaque, Ahuatepec y Atenco; la capilla, utensilios, menaje de casa, dispensa y obrador, aperos de la troje, de campo y de La Venta, carpintería, magueyes, ganado mayor, ganado menor, semillas, yuntas de barbecho, así como débitos de indios y sirvientes. El valor inicial al que se llegó fue de $122 069. A petición del secretario de convento de Puebla se hizo un segundo avalúo, que incrementó el valor de la hacienda en $4 095, conviniendo ambas partes en que el monto final de la transacción sería de $126 161. Así, el 4 de marzo de 1794, acudieron a la Ciudad de México ante el escribano real a formalizar la operación. Ahí todavía se hizo un pequeño ajuste, quedando el valor final en $124 582. Miguel de Miranda entregó de contado $47 100, y quedó un saldo por la cantidad de $77 482, que causaría un interés anual del 5% sobre el saldo insoluto. Se acordó una serie de detalles respecto a los pagos y, finalmente, después de seis meses de negociaciones y avalúos, Piedras Negras cambió de dueños.
Don Miguel Miranda era presbítero de Puebla y su sobrino acababa de heredar los bienes de su padre, Antonio, entre los que se incluía la hacienda de Zotoluca y su rancho anexo, Coesillos. Si ambos hombres pertenecían a la clase dominante del país y por lo tanto eran personas informadas, ¿por qué razón presentarían una oferta por una propiedad por la cual no se había presentado ninguna otra? Vamos a tratar de analizar la situación.
La hacienda de Zotoluca lindaba al oriente con tierras de Piedras Negras. Cuando la Orden de Belén la compró a Sebastián Estomba, era propiedad del mayorazgo de Leonel Gómez de Cervantes. Para José Ventura de Miranda, comprar Piedras Negras representaba ser el terrateniente más grande del norte de la provincia e incrementar al máximo su prestigio social. Tenía intención de formar un mayorazgo para sí mismo y su descendencia, solicitud que presentó a la Corona y de la cual obtendría autorización real en 1806. A la muerte de Antonio de Miranda, su hijo, José Ventura, albacea de la herencia, mandó hacer un avalúo de las propiedades que formaban la masa hereditaria, que eran la hacienda de Zotoluca, el rancho Coesillos, la hacienda de San Bernabé del Malpaís y el rancho Amantla.
Aprecio de los Bienes que quedaron por fin y muerte de Don Antonio Miranda, que manifestó su hijo Don José Ventura de Miranda Heredero y Albacea a presencia y con intervención de todos los interesados que lo son la Señora Doña María Josefa, Rodríguez Viuda de dicho Don Antonio Miranda, Don José Manuel de Arechaga, como Marido; y conjunta persona de Doña María Petra, Joaquina de Miranda que le nombró para la facción de inventario, en atención a ser menor de veinte y cinco años y mayor de doce, para que con su acuerdo y el de los demás, que van referidos, se haga la transacción y aprecio de todos los bienes, a cuyo efecto se nombraron por todos, de común acuerdo, a Don Miguel Yáñez de Nexa, dueño de la Hacienda de La Laguna en esta Jurisdicción de Apan, y a Don Miguel Muñoz, dueño así mismo de la Hacienda de Zoquiapan, quienes desde luego aceptaron el cargo de Abaluadores [sic] y ofrecieron ejercerlo en Dios, y por Dios, a todo su leal saber, y entender, y sin dolo, fraude, ni encubierta y así estando todos presentes en esta Hacienda de Zotoluca, en primero día del mes de Abril de mil setecientos noventa y un años se procedió al avalúo, y tasación de los bienes que fue manifestando Don José Ventura de Miranda en la forma siguiente...
Esto sucedió en abril de 1791. El valor total de las propiedades, animales, aperos, instalaciones, menaje de casa, platería y ropa ascendió a la suma de $133 325, monto mayor que el de Piedras Negras. Esto nos da idea del tamaño de esa propiedad y de la riqueza que unieron los Miranda al comprar la hacienda a los betlemitas.
La propuesta de compra de Piedras Negras se hizo en 1793 y derivado de esto, la madre y hermanas de José de Ventura entablaron una larga demanda legal contra él y don Miguel por haber dispuesto de la herencia de Antonio de Miranda de manera discrecional, y ante sus ojos injusta. Entre los reclamos estaba el haber destinado fondos para la compra de Piedras Negras.
Por otra parte, José de Ventura era un joven en plena ascensión en la escalera de los negocios y la política. Al comprar la hacienda contaba con menos de 30 años y era soltero. Participó activamente en el movimiento de Independencia, incluso llegó a ir a la cárcel el 13 de marzo de 1815, «embargándose su bienes por las relaciones que tenía con los insurgentes de aquel rumbo». A sus casi 50 años de edad, en 1823 contrajo nupcias con Ana María Espinosa de los Monteros Pascua, hija de Juan José Espinosa de los Monteros, quien redactó y firmó como secretario el Acta de Independencia de México.
Como vemos, el patrón de poder económico, relaciones políticas y prestigio social se repite continuamente en la vida de Piedras Negras.
Situémonos por un momento en la primera década del siglo XIX. España estaba bajo la invasión napoleónica. En 1804, el rey Carlos IV emitió una cédula real en la que obligaba a todos los deudores de las distintas órdenes religiosas a liquidar sus deudas a la Corona española de manera casi inmediata. Esto no se llevó a cabo del todo, sin embargo, el daño a la economía rural, tanto a hacendados como a campesinos, fue mayúsculo, aunado a las muy fuertes sequías registradas entre 1808 y 1810. En ese momento inició la guerra de Independencia. La hacienda, aunque en menor proporción, seguía beneficiándose del comercio entre México y Veracruz, sin embargo, ante la falta de capital, la baja en la producción agrícola y la revuelta militar entró en serios problemas financieros. Además, como hemos comentado, en 1806 José Ventura fundó para sí un mayorazgo que implicó un pago por $60 000, para lo cual registró una segunda hipoteca sobre sus propiedades, Piedras Negras y Zotoluca. En 1807 aún debía $59 000 a los betlemitas. La carga financiera era ya muy grande, por más productiva que fuera la hacienda.
Como mencionamos, José Ventura contrajo nupcias en 1823. Desde un año antes ya se encontraba en atraso en sus pagos con la Orden. En su matrimonio procreó tres hijos: Pedro, María Guadalupe y José Francisco, que nacieron entre los años de 1824 y 1828. José Ventura falleció alrededor de 1830. En 1835, su esposa dio a luz a Romana Masson, primera hija de ella con su segundo esposo, el francés Ernesto Masson Sigaud. Fue en 1835 cuando ella arrendó la finca a Mariano González de Silva. Creemos que lo que debió de haber sucedido es que al morir José Ventura, la esposa como heredera de Piedras Negras prefirió arrendar la propiedad, antes que trabajarla. Sin embargo, dejó de cubrir sus obligaciones con el clero de Puebla, y en 1840 admitió su quiebra y la imposibilidad del pago, revirtiéndose la propiedad ya no a los betlemitas, cuya Orden había desaparecido, sino al Colegio Clerical de Puebla.
De Jerónimo de Cervantes, en 1580, a Miguel y José Ventura de Miranda, en 1835, hemos hecho un largo recorrido repasando de forma simple las circunstancias en torno al crecimiento de Piedras Negras. En el trayecto hay personajes relacionados entre sí por cuestiones filiales, de poder político y económico, así como de importancia social. Es evidente la relevancia que tuvo la hacienda en este periodo en el territorio tlaxcalteca, y la seguiría teniendo en el siglo y medio siguiente que nos falta por recorrer.