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3. EL CRECIMIENTO EN EL SIGLO XVIII

Los descendientes de los conquistadores y la élite política habían sido hasta el fin del siglo XVII los dueños de la hacienda de Piedras Negras. Ahora tocaría el turno al clero. En el año de 1701, la hacienda pasó a manos de la Orden de Belén. Hasta ese momento no había cambiado su extensión territorial. Eran las mismas 80 caballerías de tierra con las que había iniciado Cervantes. Pienso que durante ese tiempo, la explotación económica de la hacienda fue la misma en manos de sus distintos propietarios y que estos no buscaron crecer ni generar negocios alternos a la agricultura y la ganadería. Los García Nájera, de hecho, como he mencionado, donaron parte de otra propiedad para fundar San Luis Apizaquito y ahí explotar una pensión para viajeros.
Al llegar la Orden de Belén, las cosas cambiaron e inició la época de crecimiento y consolidación de una Piedras Negras más grande y con otro sentido de negocio, porque ellos le dieron un giro hacia la explotación de servicios de hospedaje y de pensión, que permitió que la propiedad casi triplicara su tamaño en tan solo noventa años, como veremos más adelante. Y la razón es muy simple.
Desde las épocas prehispánicas existían diversas rutas temporales en el centro del país que eran transitadas por motivos de migración, comercio y guerra. La dominación del Imperio Azteca es la que les dio carácter de definitivas. Mercancías, tributos y esclavos capturados durante las guerras pasaban por estos caminos en tiempos del Imperio. Los caminos eran rectos y muy angostos, ya que no había bestias de carga; eran los tamemes quienes llevaban las mercancías sobre la espalda.
Al inicio del comercio con España, la dificultad de construir caminos adecuados para los carros de tiro usados en Europa generó la aparición de un personaje que por más de dos siglos recorrió el país: el arriero, que desplazó al tameme, por la mayor capacidad de carga de las mulas.
Los caminos se fueron trazando para unir ciudades y pueblos. El mantenimiento, que no siempre se hacía de forma correcta, por lo que la calidad de estas vías era muy pobre, era responsabilidad de los hacendados y de los pueblos por donde las rutas pasaban.
El principal uso de los caminos era por el comercio. Fueron los comerciantes quienes de diversas maneras presionaron a la Corona para la mejora y mantenimiento de las rutas. La principal era la México-Veracruz. Por ahí entraban y salían todas las mercancías que se comerciaban entre México y España. Su longitud aproximada era de 400 kilómetros, que se transitaban en cerca de veinte días, con un avance de entre 10 y 40 kilómetros diarios. En la misma época, viajando desde la Ciudad de México, los arrieros tardaban quince días en llegar a Querétaro; treinta y seis, para llegar a Oaxaca; cincuenta y cuatro, en trasladarse a Durango; sesenta y tres, a Monterrey, y cerca de tres meses para llegar a Chihuahua. Tomando en cuenta la cantidad de días de trayecto, en el camino había «ventas» que proveían de lo necesario para el descanso y la alimentación tanto al viajero como al arriero y sus animales. Los arrieros recibían atención gratuita, ya que el negocio para el ventero estaba en la manutención de los animales. En algunos casos venían viajeros que recibían servicios de hospedaje y alimentación en las instalaciones de La Venta. Estos debían cubrir los gastos derivados de los servicios recibidos.
Los arrieros fueron las figuras heroicas de los caminos. Ellos y sus mulas eran indispensables y ningún viajero calló su presencia; muy por el contrario, se habló con elogio de estos personajes. Una larga cita tomada del libro, México. Lo que fue y lo que es, escrito por Brantz Mayer (FCE, 1953), ilustra muy bien este concepto:
... ellos son los que hacen el transporte de la mayor parte de los metales preciosos y mercancías de valor, y constituyen una porción muy importante de la población. Pues bien, ninguna clase semejante en país alguno les hace ventaja en honradez, abnegación, puntualidad, paciencia y desempeño inteligente de sus deberes. Lo cual no es poco mérito, dado el territorio por donde viajan, el desorden que en él reina y las consiguientes oportunidades de prevaricar que en él se les ofrecen. Estos hombres de ojos salvajes y feroces, pelo enmarañado, pantalones acuchillados y chaqueta bien engrasada, que han tenido que habérselas con muchas tormentas y tempestades. En México son a menudo, por espacio de meses, los guardas y custodios de las fortunas de los hombres más opulentos, conduciéndolas en penosas jornadas por serranías y desfiladeros. Infinitos son los peligros y tropiezos con que se topa el arriero.
De la misma fuente es la siguiente tabla, que es mucho más extensa, si se detalla la carga. Presenta la magnitud de lo que era una caravana de este medio de transporte.

Mulas aparejadas.................................................................................................6 946

Burros.......................................................................................................................69

Mulas de silla.......................................................................................................1 255

Dueños y mayordomos de mulas............................................................................123

Arrieros sirvientes................................................................................................1 842

Coches......................................................................................................................65

Literas........................................................................................................................6

Realmente, el desempeño de los arrieros era heroico. Piedras Negras era una de estas ventas en el camino México-Veracruz, cuya ruta era la siguiente:

DE LA CIUDAD DE MÉXICO     DÍA          KM RECORRIDOS

Venta de Carpio                    primero                   27

Otumba                                   segundo                  35

Apan                                        tercero                     41

Descanso                                cuarto                        0

Atlangatepeque                     quinto                       37

Piedras Negras                      sexto                         20

San Diego                                séptimo                    25

Zonquita                                  octavo                       30

Descanso                                 noveno                       0

Tepeyahualco                         décimo                      28

Perote                                      décimo primero       20

Las Vigas                                 décimo segundo      25

Jalapa                                      décimo tercero        28

Descanso                                décimo cuarto            0

Encero                                     décimo quinto            20

Plan del Río                            décimo sexto              23

Rinconada                              décimo séptimo          15

Paso de las Barcas              décimo octavo             12

Antigua                                  décimo noveno             10

Veracruz
Este fue el nicho de negocio que iniciaron y explotaron los betlemitas cuando adquirieron San Mateo Huiscolotepec. De acuerdo a los documentos del AGN, Tierras, Vol. 833 expediente 3, es en 1742 cuando el convento Betlemita de Puebla, solicita se le conceda licencia para construir una posada para pasajeros en la hacienda de Piedras Negras.  En diferentes fuentes de información aparece que, durante el año, entre treinta mil  y cien mil mulas recibían posada en Piedras Negras. No sé cuál dato sea el correcto, pero me queda muy claro que los betlemitas encontraron una forma muy eficiente de agregar valor a la producción de la hacienda, mediante el cobro de los servicios de hospedaje y alimentación de personas, pero sobre todo, del cambio, custodia y manutención de los animales.
Todo lo producido en Piedras Negras se consumía en La Venta. Granos, animales y pulque eran ofrecidos a quienes diariamente se hospedaban en ella. Esto permitió que los frailes tuvieran una operación muy rentable que les permitió adquirir más tierras que pasaron a formar parte de la hacienda. Hoy en día, aunque en ruinas, aún existe el inmueble de La Venta.
Para estas proporciones de clientela, La Venta de Piedras Negras parecería ser muy pequeña. Tan solo veintitrés habitaciones hubieran sido insuficientes para recibir contingentes tan grandes, sin embargo, como ya lo relaté, La Venta estaba reservada a los viajeros, no a los arrieros ni a los mozos.
Los betlemitas, u Orden de Hermanos de Belén, aparecen en los documentos de la época, de diversos modos: instituto, religión o compañía; en realidad la Orden aparece aprobada como tal en 1710, y consta que es la única fundada en América. Fue instituida en 1653, en Guatemala, por el Hno. Pedro de San José Betancourt, junto con un grupo de hombres unidos solo por votos piadosos. Crearon modestas escuelas para los niños indígenas y, al conocer más de cerca a sus familiares y vecinos, ampliaron su acción para crear refectorios y, finalmente, hospitales, pues se dieron cuenta de la marginación de las clases pobres. En el siglo siguiente elaboraron su Constitución, que fue aprobada por el papa Inocencio XI, y empezaron a extenderse a otros países hasta llegar a cubrir toda América del Sur, Cuba y Nueva España. Fue un grupo de hombres comprometidos, sin miedo para conocer la pobreza y las necesidades, y dotados de iniciativas para la acción de educar, construir, capacitar y servir de muchas maneras a los indígenas y mestizos pobres. Como parte de su modo de hacerse de recursos invirtieron en propiedades a lo largo de todo el continente y en Cuba. Eran poseedores de grandes extensiones de tierra. En México, su principal propiedad fue Piedras Negras, que adquirieron, como ya comenté, en 1701; este dato consta en un documento del AGN (Ramo de Tierras, vol. 1891, exp.1) relativo a la venta de Sebastián de Estomba al Convento de Nuestra Señora de Belén, parte del cual transcribo, por lo interesante y completo que es:
Yo, Don José Joaquín Guerrero, Escribano de su Majestad (que Dios guarde muchos años) Teniente de este oficio mayor Público y de Cabildo de Don Mariano Francisco Zambrano. Certifico y doy fe en testimonios de verdad, que por los Libros de los Censos que son a mi cargo, constan varias partidas que con las anotaciones de sus márgenes unas y otras a la letra son del tenor siguiente: En la muy noble y muy leal ciudad de los Ángeles, a quince de Diciembre de mil setecientos y ocho años: Ante mí, el Escribano y Testigos, pareció Sebastián Xavier, vecino de esta ciudad a quien doy fe conozco y registro una Escritura por la cual parece que el Capitán Don Sebastián de Estomba vecino de esta Ciudad, vendió realmente al Convento y Hospital de nuestro señora de Belem y San Francisco de Salas de esta Ciudad, y al Padre Fray Carlos de San Andrés, Presidente, y a dicho Convento en su nombre, una Hacienda de Labor de Temporal nombrada San Mateo Guiscolotepeque Piedras Negras, con un rancho a ella agregado, nombrado Santa María Tecuaucingo, que es en la Provincia de Tlaxcala, al pago de San Luis Apizaco, que lo uno y lo otro se compone de 80 caballerías de tierra poco más o menos, las que contienen los títulos de su propiedad, que linda por una parte que es la de Norte, con las Haciendas de Toluquilla que fue de Don Juan de Soria, que hoy posee el Bachiller Jacinto Sánchez de la Vega, y por el Sur con el Mal País de los Indios de Santiago Ocotitlan de la Doctrina de Apizaco, y con Rancho de Doña Hiliana de Yglesias, que fue de Don Pedro Marcos Castellanos, y por el Oriente con tierras de Juan López Maldonado, y con Hacienda de Don Luis Romano Altamirano, y por el Poniente con tierras de Don Gonzalo de Cervantes Casares, y con Hacienda de Don Juan Martín, que fue de Francisco Cortés de Soria, con los avisos necesarios, en precio de veinte mil pesos de oro común.
La escritura a la que aquí se hace referencia es del 29 de julio de 1701, fecha de adquisición de la hacienda por los betlemitas.
Comenzó, entonces, la primera época de oro de la hacienda. Los frailes iniciaron una nueva forma de trabajar, y gracias a ello, la hicieron crecer hasta llevarla al tamaño y esplendor que tuvo a principios del siglo XIX. Creemos que es a partir de este momento cuando en realidad comenzó a tener importancia la hacienda como referente regional y como centro económico. Los anteriores dueños, como se ha podido ver, la tenían más como un activo físico y una fuente de respeto social que como un generador de riqueza. Quienes conocen Piedras Negras fácilmente pueden intuir que el tamaño tan impresionante no pudo corresponder solo a una hacienda de labor y pastoreo. Las trojes, el tinacal, la quesería, los macheros, la iglesia, el tamaño del propio casco y las instalaciones que existen desde antes de los González deben de haber sido construidas en tiempos de los betlemitas. Solo el acopio de pastura para la posada haría que tuvieran sentido tan magníficas instalaciones.
Para poder dar abasto a su negocio hospitalario, los betlemitas fueron adquiriendo tierras mediante compras y subastas públicas. Así, al paso del tiempo, según consta en el documento elaborado en el año de 1804 por don José Calapis Matos, secretario mayor del excelentísimo Cabildo de Justicia y Regimiento de la Ciudad de Puebla –el cual pude localizar en el AGN y del cual ya transcribí una parte– esta fue la forma como se fueron agregando ranchos y pequeñas parcelas para la formación final de Piedras Negras:
La de Quamaxalucan se remató al referido Convento, por Bienes de Don Martín de Palacios, que la compró a Juan López Maldonado, su primer Causante. La de Aguatepeque, compuesta de 50 caballerías de tierra, con el rancho nombrado San Bartolomé Quamancingo, se remató al citado Convento, por Bienes de Don Juan Martín Osorno, quien compró lo de Aguatepeque o Tescalaqui, a Doña María, Doña Mariana, y Doña Teresa Cortez de Calva, hijas y herederas de Don Bartolomé de Calva, y Doña Catarina Cortés de Soria. Lo de Quamancingo compró el referido Osorno, a Andrés Baptista Sanz, que lo hubo de los hijos y herederos de Don Diego Romano y Doña Petronila de Nájera Becerra, hija y heredera de Don Luis García de Nájera, y de Doña María Fernández de Soria. La de la Asunción y San Nicolás, compuesta de 12 caballerías de tierra, se remató para dicho Convento en el Licenciado Don Nicolás Moreno, por Bienes de Don Juan Gómez de Yglesias, Albacea y heredero de Doña María Millán, Viuda de Don Antonio Gómez, que a dicho Don Juan se adjudicó después de haberse rematado en el Licenciado Don Francisco Pérez Muñiz y Osorio, por Bienes de la misma Doña María Millán; antes fue de Juan Escudero Calderón, Pedro Martín Castellanos, y Lorenzo García. Y lo de Atenco, compuesto de 10 caballerías de tierra, se remató al expresado Convento por Bienes del Bachiller Don Mariano Barrientos y Montoya, a quien lo vendió el Licenciado Don Luis Pliego y Peregrina, que lo compró al Bachiller Don Miguel Álvarez de Luna, y este a Don Gerónimo Calderón Becerra, que lo hubo de Don Miguel Martín Osorno; antes fue del Licenciado Don Esteban Vázquez Gastelu del Rey y Figueroa, a quienes lo vendió Don José Vázquez Gastelu, que lo compró a Doña Ana de Bargas, hija y heredera de Don Diego López Arroñes y Doña Ana de Bargas; antes fue del Licenciado Francisco Maldonado.
Las dos principales compras fueron Coaxamalucan, que constaba de 72 caballerías de tierra, y San Pedro Aguatepeque que, con su rancho San Bartolomé de Quaumancingo, sumaban 50 caballerías de tierra. Así, para 1756, último año en el que los betlemitas adquirieron tierra, Piedras Negras alcanzó una superficie de 224 caballerías de tierra, un poco más de 9 400 hectáreas. Esta sería la extensión de la hacienda hasta principios del siglo XX. Fue una de las propiedades más grandes de Tlaxcala. En Haciendas y ranchos de Tlaxcala en 1712 (INAH, 1969), Isabel González Sánchez detalla el censo de ranchos y haciendas derivado de los «donativos graciosos» exigidos por el rey para financiar la guerra de Sucesión Española, que duró de 1701 a 1714. El censo aparece incompleto, no por error de la investigadora, sino porque no estaban obligados ni el clero ni los indios a dicha contribución, y por otra parte, los dueños tenían que presentarse a declarar sus propiedades, cosa que no todos hicieron; sin embargo, sí nos da una muy buena idea de cómo era la propiedad en Tlaxcala. Piedras Negras, por ser de los betlemitas, no aparece en el censo, pero hay muy pocas haciendas con una superficie similar a la suya. El mayorazgo de José Romano Altamirano Nájera y Becerra, mencionado anteriormente, incluía las haciendas de Topisaque y Tlacotepeque, más dos ranchos, con un total de 8 678 hectáreas. Mazaquiahuac y Ntra. Señora del Rosario, propiedad de Francisco Yáñez Remigio de Vera, abarcaban 5 000 hectáreas entre las dos. Mimiahuapam constaba de 4 171 hectáreas, y estaba en manos de Ana Bustamante Salcedo viuda de Luis Muñoz de Cote. Todas estas propiedades formaban parte del partido de Tlaxco, al norte del estado, donde siempre ha habido menor densidad de población.
En Piedras Negras, los frailes desarrollaron su negocio y financiaron con sus productos un total de diez hospitales en todo el país, entre otros, en Guadalajara, Puebla, Oaxaca y la Ciudad de México. Sin embargo, no estaban exentos de las crisis económicas que se fueron presentando a lo largo del tiempo. Entre los años de 1784 y 1786 hubo una grave sequía en todo el país. Las crisis agrícolas no eran algo fuera de lo común en Nueva España, sin embargo, la de esos años fue tan fuerte que a 1785 se le llamó «el año del hambre». Hay estimaciones de que murieron cerca de trescientas mil personas en la zona centro-norte del país. Ese año comenzó a llover hasta junio, por lo que la siembra fue tardía, pero además cayeron heladas en agosto, por lo que se perdió toda la producción de maíz y de frijol, principal alimento de la población y también del ganado. Encima del desastre agrícola, la ganadería también sufrió un severo daño. Por su parte, los hacendados cerraron la venta de granos con el problema de que no había un sustituto alterno. El siguiente año fue muy similar, con consecuencias devastadoras. Tensiones sociales, vandalismo y saqueo por hambre no se hicieron esperar. El alza en precios, desempleo, quiebra de pequeños agricultores y artesanos generaron una crisis de gran magnitud que desequilibró las estructuras sociales, sobre todo las rurales. Piedras Negras no escapó a este entorno, por hábiles que fueran los betlemitas. Por esta razón, o por las propias necesidades de la Orden, finalmente la pusieron en venta. Así, en la Gaceta de México, el 23 de octubre de 1787, en la página 428, aparece el siguiente texto:
En vista de una representación hecha al M.R.P. Vicario general y Venerable Definitorio de la Sagrada Orden de Belén, por parte del Presidente y Procurador del Convento de dicha Orden de la Ciudad de Puebla, en que se daba una clara idea del actual infeliz estado de aquella Casa: se determinó poner en venta la afamada Hacienda de Piedras Negras para sostener el desempeño de los deberes de su Hospitalar Instituto. Lo que se da al público, con la advertencia de que si se presenta postor se le hará una prudente rebaja, verificado su avalúo.
Fue hasta 1793, seis años después de que se puso a la venta, que se recibió y aceptó una oferta de compra por la hacienda, con lo cual llegaba a su fin la administración tan fructífera de los frailes durante casi todo el siglo XVIII, noventa años de esplendor y crecimiento que le dieron su forma final a la propiedad. Poco duraría la Orden de Nuestra Señora de Belén; esta y sus hospitales vinieron a menos a partir de 1821, cuando las cortes españolas decretaron la desaparición de las órdenes hospitalarias y comenzó la independencia de las colonias. Algunas fuentes hablan también de que los frailes dieron apoyo a los movimientos independentistas en América, y esto influyó en su terminación.

Continuara...