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1. TLAXCALA: LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES

A principios del siglo XVI, Tlaxcala era un pequeño territorio situado en las tierras altas de México, que precaria y valientemente mantenía su independencia del Imperio Azteca. Con la llegada de Cortés, pasó a ser parte de la Monarquía Española, después de las batallas sostenidas entre españoles y tlaxcaltecas en 1519.
Al momento de la conquista, el centro del país estaba poblado principalmente por indios nahuatlacas, cuya organización política era el Imperio Azteca, que para ese entonces se había desarrollado por los últimos ciento cincuenta años. Quitando pequeños señoríos, la única gran excepción a la unidad y dominación azteca eran las fronteras del estado tlaxcalteca, ubicado al este de Tenochtitlán. Ahí, sus habitantes habían defendido con éxito su territorio de la dominación del Imperio, mientras este se expandía por toda la geografía central del país.
El territorio tlaxcalteca era más o menos el mismo que actualmente ocupa el estado. Estaba compuesto por veinticuatro señoríos gobernados, cada uno, de forma independiente. Maxixcatzin de Ocotelulco, Xicoténcatl de Tizatlán, Tlehuexolotzin de Tepectipac y Citlalpopoca de Quiahuictlán eran los cuatro más importantes señores de Tlaxcala al momento del inicio de la conquista española. Las principales actividades eran la agricultura y el comercio, este último, el medio para conseguir cacao, textiles y sobre todo, sal, productos de los que carecían.
Hacia el noreste, el lugar estaba defendido por una muralla localizada cerca del actual casco de La Laguna. Cuando llegaron los españoles, la muralla se encontraba desatendida, ya que los tlaxcaltecas, sabiendo de la llegada de Cortés, prefirieron esperarlo dentro de las fronteras del territorio.
Cortés llegó a Tlaxcala con un grupo de indios totonacos de la región de Zempoala. Al llegar a Zacatlán, Cortés tenía que tomar una decisión estratégica: pasar por Tlaxcala, donde sin duda habría que luchar contra los indios, o buscar una ruta alterna y evitar el enfrentamiento. Sus propios estrategas sugerían lo segundo; sin embargo, los zempoaltecas, explicándole la animadversión de los tlaxcaltecas hacia Moctezuma, lo convencieron de que sería bien recibido y que era mejor entrar al territorio. Así, ellos aceptaron de buena gana ser enviados a pactar con los oficiales tlaxcaltecas. Xicoténcatl hijo sospechó, como siempre lo hizo, de la oferta, arguyendo que «los castillos flotantes eran resultado del trabajo humano, que se admira porque no se ha visto» y que se debería mirar a los extranjeros como «tiranos de la patria y de los dioses». Desde la llegada del ejército español hubo diferencias entre los señores tlaxcaltecas. Los enviados zempoaltecas llevaban como oferta de buena fe un sombrero flamenco, una espada, una ballesta y cartas de paz firmadas por Cortés, todo lo cual fue regresado sin respuesta alguna. Maxixcatzin estaba a favor de aceptar la oferta española, sin embargo Xicoténcatl se oponía. Por su parte, Temilotecutl proponía una estrategia: aceptar la oferta de Cortés mientras se preparaba un ejército que, bajo las órdenes de Xicoténcatl, en el momento en que los españoles menos lo esperaran, los atacara, asegurando así la victoria. Si ganaban, la gloria era de ellos; si perdían, pretendían culpar a los vecinos otomíes del ataque y recibir a los españoles como amigos. Al no tener una respuesta amigable a su oferta, Cortés decidió entrar al territorio, acompañado por trescientos guerreros de Ixtacamaxtitlán y por veinte jefes de Zacatlán. Las primeras batallas se dieron en el desfiladero de Teocantzingo y, al día siguiente, en los llanos, ahí mismo. En ambos casos, los resultados fueron adversos para Xicoténcatl el Mozo, hijo del señor de Tizatlán.
Ambos ejércitos tomaron tiempo para recuperarse. Los españoles, con muy pocas bajas, pero seriamente heridos, permanecieron en su campo, mientras los tlaxcaltecas analizaban la posibilidad de la rendición.
Cortés atacaba de manera furtiva por las noches tomando diversos asentamientos, de tal forma que un disminuido ejército de Tlaxcala iba rumbo a la capitulación. Al fin, después de varios intentos por ganar la guerra, discusiones respecto a la divinidad de los españoles, la posibilidad de que estos fueran aliados de Moctezuma y la pérdida de numerosos jefes de guerra hicieron que Maxixcatzin y Xicoténcatl el Viejo se decidieran a hablar de paz, para dar entrada a los españoles a Tlaxcala. Grandes esfuerzos tuvieron que realizar estos para demostrar la sinceridad del ofrecimiento.
La paz se firmó en el cerro de Tzompantepec, el 7 de septiembre de 1519, concertada como una alianza entre dos naciones. Finalmente, entre el 18 y el 23 de septiembre, Cortés entró a tierras de Tlaxcala.
La ayuda militar de los tlaxcaltecas a Cortés no fue inmediata. Incluso, Maxixcatzin trató de disuadirlo de la idea de atacar Tenochtitlán. La primera gran aportación de los tlaxcaltecas fue informar a Cortés de los planes de Moctezuma de formar un gran ejército para emboscarlos cerca de Cholula. De ahí en adelante, hasta la caída de Tenochtitlán, el auxilio de los tlaxcaltecas se dio prácticamente en todas las actividades militares llevadas a cabo por el ejército español. Sin embargo, los guerreros de Tizatlán –sin duda, el grupo militar más diestro–, comandados por Xicoténcatl hijo, nunca fueron de la confianza de los españoles, ya que sabían de la resistencia de su líder en apoyarlos. Se dice que seis mil tlaxcaltecas acompañaron a Cortés en su primera entrada a Tenochtitlán. Más de veinte mil participaron en el ataque final a la capital del Imperio Azteca. Formalmente aliados, una última duda acechó a Xicoténcatl el Mozo después de la batalla de la Noche Triste. A cambio de terminar con los españoles, los aztecas le ofrecieron su alianza y compartir con él la mitad del Imperio. Tanto Maxixcatzin como Xicoténcatl el Viejo preferían la alianza con los españoles contra los aztecas. Por su parte, Xicoténcatl el Mozo prefería los términos de los aztecas. Al final, estos no se aceptaron, y los tlaxcaltecas acompañaron a los españoles en el último golpe a Tenochtitlán.
No hay que olvidar que el odio de los tlaxcaltecas hacia Tenochtitlán era terrible. El de los tlaxcaltecas era un pueblo pobre que vivía sitiado sin posibilidad de comercio con el Imperio que los rodeaba, que tenía que defenderse constantemente de los ataques de este último, que jamás encontró la forma de llegar a una paz duradera con los aztecas y que nunca claudicó en la defensa de su territorio y su independencia. También hay que tomar en cuenta que México no existía como país, era una serie de reinos con complicadas relaciones políticas entre ellos, donde el principal centro de poder era Tenochtitlán.
Sin duda, el apoyo militar de los tlaxcaltecas a los españoles era el resultado de condiciones políticas y militares. No es un tema de traición, ellos tomaron una decisión estratégica con los elementos e información de los que disponían en ese momento y para su propio beneficio. La ayuda fue solo ofrecida después de haber sido vencidos en diversas batallas. Por otra parte, la determinación de los españoles de tomar Tenochtitlán no dejaba otra salida a los tlaxcaltecas. El historiador Romero Reséndiz presenta una audaz hipótesis:
«¿Fueron ciertamente los españoles los que conquistaron México, o acaso fue su llegada lo que produjo el incendio de la insurrección?».
Terminada la Conquista, el patriotismo local tlaxcalteca continuó. Los privilegios obtenidos de la alianza fueron muy importantes y respetados por los españoles. Después de la conquista muchos tlaxcaltecas tomaron parte en la colonización y fundación de pueblos y ciudades. La colonización del centro y norte del país se llevó a cabo con el acompañamiento de familias tlaxcaltecas que echaron raíces que continúan vivas en las principales ciudades al día de hoy.
Así, después de la caída del Imperio Azteca, los tlaxcaltecas gozaron de ciertos privilegios de gobierno, realeza, propiedad, trabajo, tributos... los más importantes otorgados en la esquela del 13 de mayo de 1535, en donde, a solicitud de Diego Maxixcatzin, «en recompensa por los servicios de los tlaxcaltecas, la provincia jamás dejaría de ser parte de la Corona Española», liberándola así del sistema de la encomienda.
Originalmente, el gobierno español excluyó a colonizadores blancos de la provincia de Tlaxcala. La estructura poblacional y la situación geográfica de dicho territorio hicieron esto inejecutable. Las posibilidades de generar riqueza en la agricultura, la ganadería y el comercio eran enormes, de tal forma que, para los indios, el incumplimiento de esta política, fue desastroso al paso del tiempo.
La primera violación del decreto real de 1535 es atribuible al monarca Carlos V, quien en 1538 concedió una merced real de tierra a Diego de Ordaz, sobrino del conquistador, quien al mismo tiempo obtuvo el cargo de regidor perpetuo en Puebla, situación que lo dejaba en posición perfecta para seguirse haciendo de tierra o de autorizar la ocupación de esta, de tal forma que en años subsecuentes hubo una gran cantidad de otorgamiento de tierras a españoles dentro de la provincia.
El campo tlaxcalteca estaba dedicado a la agricultura. A su llegada, los españoles iniciaron la introducción de ganado bovino, ovino y caprino; esto creó un conflicto serio, derivado de los destrozos causados por los rebaños a los sembradíos de los indios. El asunto llegó a manos del rey, quien en 1550 ordenó al virrey Luis de Velasco que las estancias que estuviesen causando daño a los tlaxcaltecas fueran removidas. Así, en enero de 1551, el virrey emitió una orden para dar cumplimiento a las instrucciones del monarca. La disputa continuó; para 1554 solo quedaba una estancia de ganado mayor, propiedad de Pedro de Meneses. Poco duró el logro. A partir de 1560, la provincia de Tlaxcala comenzó a ser ocupada por sus nuevos dueños por los cuatro costados. Aun y cuando las ventas de tierras por parte de los indios estaban prohibidas, estos encontraban siempre la forma de desobedecer la orden, por ser una manera fácil de hacerse de dinero. Esto solo traía más pobreza, debido al bajo precio que se les pagaba y porque se introducía más ganado, con el consecuente daño que este causaba. Lo poco que pudo hacer la Corona para evitar los abusos fue ordenar que todas las ventas de tierras de los indios, cuyo valor fuera mayor a treinta pesos, se hicieran por subasta pública. Así, a partir de 1580, los españoles fueron legalmente reconocidos por el virrey como propietarios.
La formación de las congregaciones también alejó en mayor o menor medida a los indios de sus tierras, dejándolas disponibles para los españoles. Los nativos fueron llevados a centros urbanos organizados a la usanza castellana con el objeto de controlar mejor la mano de obra y la evangelización. Las primeras congregaciones se formaron después de la epidemia, en tiempos del virrey Luis de Velasco, entre los años de 1550 y 1564. Después, entre 1593 y 1605, sucedería el mismo fenómeno.
Sin el detalle de la precisión de los años y los aspectos legales que regían la tenencia y posesión de la tierra, la forma de hacerse de ella por parte de los españoles fue en gran parte mediante el uso de influencias en los distintos niveles de Gobierno. El procedimiento era mediante una solicitud en la cual se especificaba la tierra que se quería cultivar. Si lo solicitado era aceptable, el virrey emitía la merced real, que era registrada en un libro. Por otra parte, también había mercedes otorgadas no por explotación de tierras, sino en recompensa de servicios prestados, sobre todo de orden militar. Con el tiempo, estos mecanismos se fueron corrompiendo, y muchos lograron hacerse de grandes propiedades de tierra, en algunos casos mediante simulación de operaciones de concesión, cesión y compraventa.
La introducción del ganado provocó un cambio trascendental en la economía del nuevo reino. Con esta actividad ahora podían producir tierras no aptas para el cultivo. Esto provocó un crecimiento explosivo de los hatos animales y, poco a poco, la desaparición de la propiedad de los indios, lo cual los obligó a subordinarse o a buscar otra fuente de ingresos, como la explotación de los bosques, ser peón de campo, la artesanía y el comercio.
Es así que la lucha por la tenencia de la tierra sería un común denominador en todas las épocas de Tlaxcala hasta nuestros días. El resultado fue que, para finales del siglo XVI, en Tlaxcala había ya propietarios españoles.

CONTINUARA.

 

Hernán Cortez
Hernán Cortez y Tlaxcaltecas