Reportaje


El Toro Bravo (La crianza)

Alfredo Flórez
13/9/2016

El toro bravo, dos sencillas palabras, encierran una profundidad ancestral, mágica, única en el mundo.
Su majestad, su casta y su belleza, lo han hecho sobrevivir a lo largo de los tiempos y es el hombre quien ha procurado su supervivencia en los albores de un nuevo milenio, pues lo que este animal brinda ninguno otro lo puede ofrecer, cuando se enfrentan toro y torero en el ruedo y hacen posible el milagro del arte.
En la fiesta de toros, tal como su nombre lo dice, el elemento fundamental es el toro, el toro bravo. Sin él, ella no podría existir. Por eso, primero que nada, el toro debe ser bravo, una palabra simple, pero que encierra todo el contexto alrededor del cual gira y existe la fiesta.
Es un animal de gran belleza, cuya corpulencia y tipo inspiran respeto. Un animal fino, como se dice taurinamente, bien hecho, de cornamenta bien colocada, testuz ancho, ojos grandes y brillantes, con mirada penetrante y fuerte, la cara seria, el morrillo marcado, pecho ancho, lomo fino, recto y musculoso, manos y patas firmes, fuertes pezuñas pequeñas y redondeadas, cola fina, larga y espesa. En fin, la armonía del toro lo distingue como un animal de gran belleza.
El toro es el bovino propicio para la lidia y debe tener tres cualidades primordiales: bravura, nobleza y poder.
Un toro bravo ha sido criado en las ganaderías durante cuatro años, antes de salir a una plaza a cumplir con su destino, y proviene de una cuidadosa y ancestral selección, donde se han definido sus caracteres.
Cuatro años en que al final sólo el toro bravo podrá cumplir con su compromiso, pues siendo un guerrero, deberá embestir a muerte con un adversario que, a base de inteligencia y talento. deberá dominarlo y matarlo. Esta faena, que dura tan sólo unos minutos, es la razón de la existencia del toro bravo. Por eso, debe estar bien preparado, sano, alimentado con efectividad, de forma científica, para que su estructura sea capaz de soportar su peso. Los ganaderos hacen esfuerzos extraordinarios para que su crecimiento sea paulatino durante su crianza, con el fin de que, llegado el momento, pueda enfrentar con todo su poder, resista la prueba final de la lidia sin agotarse y soporte el esfuerzo extraordinario que ésta significa.
Su bravura lo tendrá que hacer ir una y otra vez en ese inalcanzable vuelo de la muleta, siempre hacia delante, creciéndose al castigo. El toro bravo no debe ir hacia atrás, sino acometer a la menor provocación sin vacilar, sin dudar, y debe embestir galopando con emotividad.
Cuando se entregue a la lidia, su nobleza tiene que ponerse de manifiesto, debe humillar \ meter bien la cabeza al embestir con paso firme y seguro. No debe hacer un encuentro áspero tirando cornadas a diestra y siniestra con el fin de defenderse. No debe ponerse por delante, tampoco, voltear la cara o huir.
Su poderío le dará la fortaleza para sostenerse enhiesto hasta el final y seguir embistiendo. Así será el orgullo de su criador y pondrá en alto los colores de su divisa.
Por todo ello, el toro seguirá siendo la base y el eje de la fiesta. Todos los misterios incluidos en su crianza le dan esa majessidad que lo hacen el rey. Sin embargo, al contemplarlo en la quietud y grandiosidad del campo bravo, permanece con la tranquilidad de quien, sabedor de su poder y su capacidad, no se inmuta ante la presencia de nadie, mira desdeñoso al hombre, se da la vuelta y regresa a esa paz en la que aguarda su destino, porque un toro, además de su trapío, su presencia imponente su madurez, demuestra que es el rey al salir al ruedo y comportarse como un auténtico toro bravo.