Columnista Invitado


DE LA VIDA DE UN TORERO GENIAL… NUEVOS DATOS PARA LA HISTORIA DE PEDRO ROMERO

Pedro Julio Jiménez Villaseñor
29/9/2016

No obstante haber sido estudiada por numerosas y meritorias plumas la vida del célebre matador de toros Pedro Romero, ninguna de ellas nos ha dado noticia de varios momentos interesantísimos referentes al bravo lidiador.
Hasta que una feliz casualidad nos deparó el conocimiento de una carta dirigida por Pedro a su amigo Antonio Moreno Bote y Acevedo, boticario establecido en la Carrera de San Jerónimo, de Madrid -carta que no figura entre las que publicó el famoso crítico y escritor taurino Carmena y Millán-; hasta entonces, decimos, se ha ignorado que el diestro de Ronda se recluyó en su ciudad natalicia el año de 1774, afectado por la trágica muerte de su hermano Juan Gaspar, acaecida en Salamanca un año antes. Y por la misma carta puede hoy saberse que Juan Romero, padre del coloso de la suerte de recibir, quiso presentar a éste en la Plaza de la Puerta de Alcalá durante la temporada de la anualidad primeramente dicha.
He aquí el texto de la carta, propiedad del doctor Cabañas, a cuya gentileza debemos su publicación en nuestra biografía del gran torero: «Había dispuesto mi padre (que Dios haya) el llevarme a Madrid el año de 74 para matar algunos toros en la Plaza de esa Corte; pero lo poco de mi ánimo y el bien que mi retiro me hacía en Ronda le hicieron dejarme más tiempo; yo no me descuidé por eso de ejercitarme con algunas ocasiones, para ver de no perder fuerzas o entorpecerme en el manejo de las suertes, lo que hubiera sido peor...»
La carta está fechada en 29 de abril de 1830, o sea un mes antes de otra en que el diestro da noticia, al mismo Bote y Acevedo, del primer toro que mató en Ronda, «siendo dé edad de diecisiete años.
Como se ve. el presente documento ilumina con clara luz esa laguna de la historia de Pedro Romero; el año 1774, al llegar al cuál todos los biógrafos han declarado su ignorancia sobre la pista del Júpiter de Ronda.
Otro dato que tampoco sabíase es la amistad que tuvo aquél con el insigne actor cartagenero Isidoro Márquez y el no menos ilustre cantante sevillano
Manuel García, que estrenó en Madrid «El Casamiento de Fígaro», de Mozart, y para quien Rossini compuso expresamente la parte de tenor de
«El Barbero de Sevilla».
Merced a una relación qué se guarda en nuestra Biblioteca Nacional -y de la que ya dimos noticia-, sabemos, que allá por el año 1804; ya retirado de los toros Pedro Romero, reuníase algunas veces con los citados artistas en un teatrito que había en la calle del Caballero de Gracia, de Madrid, llamado «La Máquina Real». A estas reuniones asistía asimismo el genial pintor don Francisco de Goya, retratista de los hermanos José y Pedro Romero. En el citado teatro conoció también nuestro héroe a dos notables guitarristas: Antonio Chocano y Antonio Abren, «El Portugués», maestro éste del autor de los «Caprichos» en el difícil y españolísimo arte de tañer la sonanta.
Por los mismos tiempos que señalamos visitó Pedro Romero una selecta tertulia de la villa y corte: la que se celebraba en la casa del editor Fióla, sita en la castiza plazuela del Carmen, y en la que se celebraban gratas veladas musicales, a veces distinguidas con la presencia aristocrática y garbosa de doña María del Pilar Teresa Cayetana, duquesa de Alba. Solía acompañar a ésta el repetido genio de la pintura, Goya, al que la gente más o menos del bronce llamaba «Don Paco el de los toros», en gracia a sus personalísimos dibujos y pinturas sobre la Fiesta Nacional.
Sobrado interesante resulta esta amistad de las cuatro figuras señeras en aquellos momentos iniciales de nuestra décimonona centuria, víspera precisamente en la que el rey Carlos IV, por influjo de su favorito Manuel Godoy, duque de Alcudia a la sazón y próximo príncipe de la Paz, iba a decretar la prohibición de las corridas de toros.
De las tertulias en el domicilio del editor Fióla no ha mucho que nos habló un comentarista de la época, y es lástima que su pluma omitiera ciertos momentos en que, por animación del concurso y a instancia de la sin par duquesita de Alba, entonábanse por un «cantaor», cuyo nombre no ha llegado a nosotros, los aires serranos de una «rondeña», en homenaje tal vez a la presencia del coloso cuya espada infalible hizo morder el polvo a cerca de seis mil astados,
Es tan colorista el sabor de aquella primera década del siglo XIX, tiene tanto salero o azufre de romería, que nuestra pluma quisiera decorar con cadeneta y tornasoles esta evocación de su ambiente. ¡Qué no haría con tales motivos la madrileñísima péñola de Antonio Díaz-Cañabate!... ¿Verdad, lectores? Porque entonces -¡entonces!- florecía majezas la Plaza extramuros de la puerta de Alcalá, que aun emanaba dramática memoria de la muerte de «Pepe-Illo», y los barrios matritenses definíanse con jolgorios de rompe y rasga, sesudos taberneros de leontina, archipámpanos de la gallofa real y gerifaltes de la estirpe precursora de Luis Candelas. ¡Fondo estupendo de aquella figura que acababa de ensombrecer los cosos con su retirada Pedro Romero!
Para remate, y como vivo arabesco popular, todavía se entonaba esta seguidilla:
Cuando Pedro Romero
pisa la Plaza,
no hay otro hombre en el mundo
de mejor planta,
¡Anda, moreno,
no te quité la novia
Pedro Romero!
A la que respondíase con esta otra seguidilla, en virtud de las parcialidades sobre el rondeño y el inventor del volapié:
Encima de la cama
tengo un retrato,
donde está «Costillares
con plante majo.
Cuando me duermo,
el majo que me vela
me quita el sueño.
¡Bravos tiempos, en verdad, aquellos de la espléndida aurora del toreo de a pie!... Todavía llegan a nosotros su hombría y recio temple.
FUENTE/José Vega/El Ruedo/12-1950.

Pedro Romero
Goya