Pachuca 2017

Columnista Invitado


LA SERVILLETA DE PAPEL

Pedro Julio Jiménez Villaseñor
25/9/2016

Por Mario Carrión
NOTA DE LA REDACCIÓN… CON LA venia del Maestro don Mario Carrión Bazán.
CON GUSTO lo siguiente va directo hasta la vecina población de Encarnación de Díaz, Jalisco. Lo hago así puesto que don Humberto Gutiérrez, y toda su prole, son devotos lectores de los escritos del autor de lo que a continuación leerán.
El 19 de agosto del 1951 hice mi debut como novillero sin caballos en Francia en una plaza portátil levantada en Canet-Plage, lugar situado cerca de Perpignan en la costa mediterránea, que, por su bonita playa, atraía a miles de veraneantes. Había interés por la novillada pues conmigo actuaba la cuadrilla de niños-toreros formada por los hermanos Corpas, quienes gozaban de cierta popularidad en el país galo. También, completaba el cartel otra novedad: la rejoneadora Beatríz Santullano, una mujer de las varias que aparecieron en los ruedos intentando emular el éxito de la insuperable Conchita Cintrón. La plaza se llenó y todos cortamos orejas.
Anoto estos datos no porqué tengan gran importancia en mi carrera o en la historia de la tauromaquia, sino por algo que sucedió a miles de kilómetros aparte, en Guayaquil, Ecuador, 47 años después.
En diciembre de 1998 volví a Quito, Ecuador, con Sally, mi esposa, para celebrar nuestro venidero 40 aniversario de boda, ya que allí nos conocimos cuando yo hacía una de mis campañas por los ruedos sudamericanos. Pero como no solo de romanticismo vive el hombre, aproveché la ocasión para asistir a las corridas de la Feria del Señor del Gran Poder y para reanudar las relaciones con mis viejos amigos. En Quito me encontré con mi gran amigo, compañero en los ruedos y padrino de mi confirmación de alternativa en Madrid, el clásico torero salmatino Victoriano Posada.
Victoriano y Beatriz, su esposa, nos invitaron a pasar el fin de semana con ellos en Guayaquil, donde residen. Allí empezamos a recordar, y tal vez romantizar, nuestras experiencias comunes como hacen los 'viejos guerreros'. Victoriano, quien se ha convertido en un inspirado pintor, desvió la conversación hacia el tópico de la pintura y entonces yo aproveché la ocasión para contarle que yo le había brindado un novillo a Pablo Picasso en Francia.
Pero antes de continuar con la conversación con Victoriano, volvamos al ruedo de Canet-Plage. No había contado que entre los espectadores se encontraba el genial Pablo Picasso y los toreros le brindamos un novillo al inmortal malagueño, siguiendo la costumbre de reconocer la asistencia de una persona importante a un festejo taurino. Después de la novillada apareció en el hotel un representante de Picasso para, en su nombre, invitarnos a nosotros y a nuestros apoderados a cenar con él esa noche en un restaurante local. La verdad es que yo era muy joven y estaba obsesionado con el toreo para apreciar entonces la importancia de esa invitación o cualquier otra cosa no relacionada con la tauromaquia. Ahora bien, sí me extrañó la sencillez y camaradería de un hombre de tal calibre, y también que la cena tuviera lugar en una taberna, pues yo esperaba que Picasso se comportara como un Dios y que nos llevara a cenar a un suntuoso lugar. Durante la cena Picasso, de cuando en cuando, había estado trazando algunos garabatos en unas servilletas y al despedirme dijo 'toma, y suerte muchacho' y sin añadir nada más me puso una servilleta de papel en la mano. Nadie comentó nada, ya que creo ahora que si alguien hubiera notado el hecho, habría asumido que Picasso me habría discretamente dado un regalo monetario, como a menudo se le daba a los principiantes para agradecer un brindis. Examiné la servilleta en el hotel y en ella aparecían solo unos cortos trazos inconclusos, como un incipiente e indefinido bosquejo de un toro, que a mi corto entender de entonces se asemejaba a los garabatos que yo dibujaba cuando de estudiante me aburría en las clases, soñando despierto en gloriosas faenas.
Volviendo de nuevo a la conversación con Posada, este me preguntó "¿te regaló Picasso algún dibujo?" Tardé unos instantes en contestarle mientras mi mente procesaba mis recuerdos, y entonces Victoriano sin esperar a mi respuesta añadió "pues, era su costumbre agradecer los brindis dando un dibujito como recuerdo, pero sin darle importancia, y a veces trazados en cualquier papelucho, y ahora se están pagando esos bosquejos entre cinco y diez mil dólares". Mi color de cara se tornó en algo blanco al exclamar: "Victoriano, creo que me he limpiado la boca o las manos, o sonado la nariz con una servilleta dorada".
Entonces, después de escapárseme un “¡coñooo…!”, que me salió del alma, le conté a mi amigo como Picasso me había dado la servilleta con el dibujo sin decirme lo que era, y como yo ahora al darme cuenta de la bromita del genial pintor, no tenía la menor idea de lo que hice con esa preciosa servilleta de papel.
Ahora, hasta hoy cada vez que pienso en el asunto poco me importa el valor monetario del regalo, pues nunca me hubiera deshecho de tan única obra tan especial para mí, sino que me molesta el realizar como la ignorancia puede menospreciar el arte.