Columnista Invitado


DATOS PARA LA HISTORIA… EL VESTIDO ALQUILADO PARA EL DEBUT DE “MANOLETE”.

Pedro Julio Jiménez Villaseñor
17/9/2016

Las ciento veinticinco pesetas que pagó “Manolete” por su primer equipo de torear. El torero cordobés cobró seiscientas pesetas por la corrida de su presentación en Tetuán de las Victorias.
Es lógico que pretenda agotarse la investigación en torno a la historia fabulosa y breve, de «Manolete». Cada día es posible que aparezca una anécdota distinta y sé contrasten las fechas y se aquilaten los detalles. Por mucho tiempo se hablará del infortunado torero cordobés y de sus comienzos, que son los menos conocidos. Hoy hemos tenido ocasión de lograr un dato exacto: el del precio que pagó «Manolete» por su equipo de torear en la corrida de su presentación en Madrid, en la Plaza de Tetuán de las Victorias. Nos lo facilita don Ángel Linares, que, si hace, cuarenta años destacó como peón a las órdenes de los «Bombita», de «Cocherito de Bilbao» y en sus finales con Ventoldrá, hoy tiene renombre como sastre y alquilador de trajes de torear.
—¿Cuándo conoció usted a «Manolete»?
— La primera vez que vi a «Manolete» fué, justamente, el 30 de abril de 1935.
Al menos esta es la primera fecha que yo recuerdo. Recientemente se ha publicado que, en 1930, siendo «Manolete» becerrista, le alquilé un traje por cincuenta pesetas, bien pudiera ser cierta la noticia, aun cuando no aparezca registrado este alquiler en mi libro-registro.
—¿Quién le presentó al nuevo cliente?
—«Manolete», que acababa de llegar de Córdoba, se presentó en esta casa acompañado de su apoderado, don José Molina. Ambos traían una carta de presentación de «Guerrita Chico».
—-¿Quiere detallarme el equipo que le alquiló?
Y el señor Linares, por toda respuesta, saca de un cajón un libro polvoriento, busca la página correspondiente al 30 de abril de 1935. Dice así:
«Vestido, número 62; capote de paseo, nuevo; dos capotes de brega, número 19, y otro nuevo; dos muletas, números 5 y 2; dos espadas, forma bayoneta, y espada de descabellar, chica; dos palos; un fundón, una espuerta y una montera, número 23, con la caja, número 24.»
—¿Cuánto importó este alquiler?
—Ciento veinticinco pesetas, que, por cierto, se empeñaron en que las cobrara por adelantado.
—Después de transcurrido tanto tiempo, sabe Dios dónde habrá ido a parar aquel equipo...— aventuramos.
El veterano alquilador, acercándose a una vitrina, corre las lunas y con todo cuidado saca primero un terno naranja y oro desvaído por el tiempo, luego un viejo capote de paseo y a continuación el juego de espadas y la montera que unos días hicieron feliz al que andando el tiempo había de ser primera figura del toreo.
—Por esta ropa y por ese busto —dice Linares, señalando un barro policromado de «El Espartero»— me han hecho importantes ofertas, que no he aceptado.
—¿Asistió usted al debut del diestro?
—¿Cómo no, si yo siempre estuve abonado a esa plaza, en la que tantas veces salí de banderillero? Recuerdo perfectamente que la corrida de los Herederos de Esteban Hernández salió con exceso de casta, gorda, con muchos, pitones y demostrando gran bravura con los caballos.
—-¿Qué le pareció la actuación de su cliente?
—«Manolete» apuntó excelentes maneras, muy especialmente con el estoque. Mató pronto y bien.
—¿Cuánto cobró Manuel Rodríguez por esta corrida?
—Por aquella época la Empresa de Tetuán abonaba a cada debutante seiscientas pesetas. Y la misma cantidad volvió a cobrar Manolo cuando lo repitieron cuatro días más tarde.
—¿Qué vestido alquiló en la segunda corrida?
— El mismo de la vez anterior y con la sola excepción de estrenar una muleta. Y no paró aquí el alquiler, pues tal cariño cogió al vestido que, según decía, «le traía suerte», que al ausentarse de Madrid para torear en varios pueblos cordobeses, lo prorrogó.
— Y usted, acostumbrado a conocer tantos aspirantes a fenómenos, ¿qué impresión le produjo el torero?
Nuestro amigo, como si al contemplar la ropa que el gran torero vistió en su época heroica volviera a verlo a él probándose el desvaído terno naranja y oro, habló:
—Por entonces el carácter de «Manolete» había adquirido ya los rasgos que no le abandonarían mientras permaneciera en este mundo. Tenía una intensa vida interior y parecía permanecer ausente de cuanto le rodeaba.
FUENTE: El Ruedo/F. HIENDO
Enviado por: Pedro Julio Jiménez Villaseñor

Manolete de civil